Baja, estoy aquí.
Abro la puerta, aprieto las llaves, cuatro pisos más abajo veo el cielo a pedazos, uno a uno, caen conmigo, con mis pasos, tiempo mío, tiempo hinchado de orina en los pasillos, de paredes rayadas como aquel cuento de Quiroga, de los niños jugando al futbol entre los árboles y de esa mujer que espera sentada en las escaleras. Las cervezas de anoche están en mi cabeza y en el color de su cuello. Subimos. El ascensor es una plaza donde los besos son como segundos. Se abre el espejo a nuestras espaldas. Pasillo de luz vacía, olor a orina entre el Sol y los perros que beben de la cerveza en mi cabeza. Sus manos son pequeñas como sus ojos, se que se viste lentamente como esa mirada: llevo franela, bluyín y los gestos de ayer a las cuatro de la tarde. Piensa que no soy el mismo, o tal vez lo dijo y fingí no escucharla. Pero “el día es más corto que un dedo” –digo entre los dientes que ella ya conoce- y mi cuerpo se detiene, vuelve, cerrado, no se escucha, abierto, con las manos en los bolsillos, ahora su mirada me busca manchas en la cara, aprieto las llaves. La voz le desnuda la sonrisa. Mi habitación es un espejo, una cama, una lámpara, una ventana, libros, la misma ciudad que ya pasamos, rayas.
Abro la puerta, aprieto las llaves, cuatro pisos más abajo veo el cielo a pedazos, uno a uno, caen conmigo, con mis pasos, tiempo mío, tiempo hinchado de orina en los pasillos, de paredes rayadas como aquel cuento de Quiroga, de los niños jugando al futbol entre los árboles y de esa mujer que espera sentada en las escaleras. Las cervezas de anoche están en mi cabeza y en el color de su cuello. Subimos. El ascensor es una plaza donde los besos son como segundos. Se abre el espejo a nuestras espaldas. Pasillo de luz vacía, olor a orina entre el Sol y los perros que beben de la cerveza en mi cabeza. Sus manos son pequeñas como sus ojos, se que se viste lentamente como esa mirada: llevo franela, bluyín y los gestos de ayer a las cuatro de la tarde. Piensa que no soy el mismo, o tal vez lo dijo y fingí no escucharla. Pero “el día es más corto que un dedo” –digo entre los dientes que ella ya conoce- y mi cuerpo se detiene, vuelve, cerrado, no se escucha, abierto, con las manos en los bolsillos, ahora su mirada me busca manchas en la cara, aprieto las llaves. La voz le desnuda la sonrisa. Mi habitación es un espejo, una cama, una lámpara, una ventana, libros, la misma ciudad que ya pasamos, rayas.
-¿Qué estás viendo?, ¡No me digas!, quédate así.












