lunes, 1 de diciembre de 2014

Las palabras, los días y los dedos de Egon Schiele


El día es una silla en forma de horas, segundos, semanas. Me siento en una de esas sillas solo para esperar o beber una cerveza y corregir lo que he escrito el día anterior. "Los niños bailan alrededor de otros niños", escribo, y al día siguiente esos niños son piedras de río o simplemente la mirada de una mujer que pasa frente a la mesa del bar donde ayer escribía que los niños bailan alrededor de otros niños solo para molestar a los hombres del bar, crueles, silenciosos, furtivos e inocentes de lo que sea yo esté escribiendo en esta libretica de rayas crudas y duras, sin serial, junto a la botella de cerveza fría y espesa a través del vidrio negro caramelo pegado en cualquier lugar a la arena de la playa bajo un montón de mujeres desnudas, gordas, sonrientes, fotografiadas, oscuras y humilladas por otras mujeres de sombra delgada, tísicas de peso fascista y de afiche, propaganda, oasis o sueño erótico apretado a las nalgas o túnicas morenas por todo el cuerpo, bamboleandose hasta en lo blanco de los ojos, untada en la pupila parada del aire de colores rojo, purpura, rosado, verde, venas, en la música blanca y el baile cansado como mantequilla terrestre, cínica y caliente sobre el pan duro del homicida, policía con oro, torturador, diplomado, violador de niñas y burócrata, amigo o hermano en las fiestas de matrimonio, hijo del buen padre de familia en los bautizos, hospitales y morgues olor a sudor y cualquier hombre.
Hace calor de informe, de foto carnet, de alumno, de música en la cárcel. Por eso todos los lunes quiero ser fotógrafo, como Kubrick a los 20 años, con los dedos de Egon Schiele y los pliegues inevitables hinchados sobre las ropas, como si estuviera comenzando a escribir sobre pájaros, como poner nombre a todos los espejos del mundo y a todos sus mamíferos, a todos los edificios, piñatas, nubes y semanas (¿por qué las semanas no tienen nombre?), pero no tengo dinero para comprar una cámara oscura, fría y elegante como el pasillo de un cine. Así que lo único que me queda es escribir o tomar fotos con el cuerpo. Tomar fotos con el cuerpo es más fácil. Lo primero es hacer del estómago un flash, glandular, capturador, sibarita, cautivante; para eso, la respiración cierra los ojos y el parpadeo es contenido en la retórica negra de la imagen que se ha enfocado desde el corazón, fotógrafo por nacimiento, por sístole, por razones, por jardines y recuerdos. Así, el aire que entra e infla el corazón (los pulmones solo pueden tomar fotografías si se está fumando), prendido de humedad por la lengua, por el gusto a cuerpo e instante, el corazón predice la imagen, corpúsculo sin pasado, solo en su actualidad de niños jugando al español, y aparece en las palabras, poco a poco en la voluntad, haciéndose tibiamente, pose o celaje, lentamente en los sonidos y en los sinónimos, una a una solar y animal, las palabras, como en el bar, en la playa, como la mujer que te mira o te ama en la otra vida, en la cama, en la pared, en el techo, en las mentiras, en la cerveza, en los tribunales, en el silencio, en los astros, en los árboles, en las fotografías soñadoras donde los días cesan, cambian de nombre, reaparecen, repiten el sol, permanecen.


jueves, 20 de noviembre de 2014

Y yo que pensaba que todas las cosas del mundo eran padre e hijo





No puedo dormir desde hace tres días, como mi padre, que está enfermo y teme morir... Solo, en su cama, sin sus hijos alrededor. Yo también temo morir y no estoy enfermo, o eso creo cuando veo a mi padre vomitar y llorar, dormir abruptamente en medio del llanto, quejarse dormido, despertar drogado y hablar dormido con parpadeos incomprensibles, aun así, él solo, con la última fuerza de sus uñas, llega a la cama, del lavamanos, y mide la oscuridad con sus pies y el vacío de las sábanas. Sus pasos parecen sótanos de una dictadura o playa hermética de olas y récipes, informes, cifras, diagnósticos, inyecciones, dietas y costumbres de solo escuchar el corazón. Mi padre dice que la muerte no es la cesación de los órganos, que hay algo más, pero que está aquí, entre nosotros, entre los que todavía podemos mentir y cantar. Él ya no puede mentir (lírico sin cura), está condenado a la función de sus órganos, glandular, irremediable, moral de sangre, resultados, laboratorio, cerámica laica y perfil iconoclasta. Pide y bebe, pero se ahoga con su propio aire seco,  memorioso, y se incorpora entre el pecho huesudo y las canas en las axilas, bebe, agradece y calla. Sonríe. Aunque ahora no deja que le acomode la nuca grande y pesada sobre la almohada, mis manos siempre reencarnan en él y el dialogo de carne y hueso nos hace compartir anécdotas de los años sesenta, del comandante Vallejo, de la cárcel, de sus padres a caballo, del día que conoció a mi madre, de mi hermano, de la guerra de las Galias, de la espergesia y del libre albedrío. La cerveza es incomunicable, es decir, invisible… eppur si muove. Ya no es como antes, —pienso, como un niño.

Despierta. Ahora deja verse desnudo por mis hermanas. Yo también he perdido un poco de pudor, ese cálido y vivo pudor; ahora escribo cualquier necedad, tan súbita como cotidiana, y la publico en El hallazgo, sin más, sin saber, para sentir por lo menos que verle morir tiene sentido, palabras, sentido, significado: Vivir.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Selfie




No, no puedo escribir y fingir al mismo tiempo. Es decir, escribir ya incorpora algo de fingimiento, que hace de la historia y las palabras, incluso de la ortografía y el silencio, cansancio musical y dialéctico.
Yo escucho a tiempo mío.

Escribiré, sí, pero escribiré con los complejos y prejuicios de la vieja, familiar y prosódica memoria, como para burlarme, cuando menos, de mi imaginación, nostálgica de nacimiento.

Despierto con el rostro, engullo con el rostro, pienso y siento con el rostro judeocristiano destinado a este país mediterráneo Caribe con ínfulas de Nueva York, Sevilla y Orán  1950.
Ahora el paisaje es la pupila y el rostro es carne fílmica.
Ahora todas mis poses son industriales, parecen mascaras de un Bauhaus mediocre, y en vez de una estrella amarilla a la altura del corazón, como en las películas de Hollywood, una foto tipo carnet del rostro será la estrella, repetitivo y monótono, digital, vacío y parcial, pegada al cuerpo de la realidad, humillado y acribillado, y resignado sin saber al campo de concentración web.

Todos somos judíos 2.0

Con el rostro también leo, releo y exagero.

Quizás todo esto no sea más que un cosmético rápido y memorioso que acuña la misma moneda pegada al flash de una sola cara, socrático y Warhol, memoria para lucir y untar en el rostro serio, reflexivo y feliz.
Idiota.
Esta no será una crítica marxista irresponsable. Es una breve descripción ingenua pero apasionada de lo que sucede después.
Es lo que veo, como un hechizo, como un demonio, a un idiota, sombroso y tísico, imitador, azaroso, domiciliario, empleado y enamorado de ese otro charlatán, reflejo, flojo y aburrido abogado incorruptible (es decir, sin oportunidades), que lanza piedras machadianas a un gigante Robespierre de papel maché ¡Y BOOM! ¡Un aforismo de Gomez de la Serna!

“Aburrirse es besar a la muerte”.

Tomo la fotografía selfie antes de salir de casa al tribunal quinto civil del Estado.
Voy y vengo, sin oficina, sin ciudad, sin dinero, sin un arma. Solo como propaganda.
A trabajar, dice mi traje gris plomo, azulado bala perdida y negro hospital.

Escaleras, puertas y jueces.
La secretaria me dice que el juez no me puede atender.

Espero, —le digo.
No atenderá a nadie, —insiste.

Entonces vuelvo sobre mis pasos como alrededor de una piscina. Salgo del tribunal que queda en un edificio de tres pisos, cerca de lo que antes era un cine porno y ahora es una iglesia "Pare de sufrir".
Y ahí estoy, otra vez el cemento y yo; los taxistas y yo; el cableado eléctrico y yo; el sol y yo; los afiches pegados ahí desde 1992 y yo.
Yo, todos los días voto por George Orwell, y gana, invisible, sin aplausos ni muchedumbres, gana las elecciones todos los días y gobierna desde mis metáforas sobre la voluntad, los números y las plazas amuralladas con plumas de rata y comuna francesa sin Flaubert.

Voy pensando todo esto mientras el taxista calla y ni siquiera me mira.

El taxi es la patria, le digo.
Frunce el ceño y sonríe.

Sin dialogo del retrovisor a la calle, de la calle al ascensor, del ascensor a la puerta, de la sala del apartamento a... Regreso a mi habitación, al encierro, a la portada donde sale un hombre jugando a los pliegues, regreso al prólogo, al índice, a la pagina 106: Daguerrotipos: La esencia es una combustión de la imagen, la luz que te separa de todas las playas oscuras y los corpúsculos de las vocales a, e y u.
Cierro el libro como para matar a una sombra.
No puedo leer.
Leeré otro libro.
El futuro de la democracia, de Norberto Bobbio. (Yo quería ser Norberto Bobbio):
Una cita del doctor Zhivago: "Muchas veces ha sucedido en la historia. Lo que fue concebido como noble y elevado se ha vuelto una cruda realidad, así Grecia se volvió Roma, la Ilustración rusa se convirtió en la revolución rusa".
Nada.
Nada sucede.
¡Si el dolor de cabeza pudiera pensar!
Lo demás es cuerpo, dolor de garganta, de estómago, amputación, reproducción y muerte; jamás pensamiento, espíritu, palabras, persuasión o mito.
Solo recuerdos.
Recuerdo esa novela de Celine donde los militares de la primera guerra se masturbaban para que algo sucediera.
Nada sucede.
Vuelvo a donde todo comenzó, acostado en la cama, lejos de las plazas y los edificios públicos (cerrados), lejos del ruido de los portugueses, lejos de las secretarias, desconocidos y clientes, angustiado e injusto con la conserje y con mi padre.
Dormido, idiota, selfie.

También me veo morir.

miércoles, 15 de octubre de 2014

La lentitud de quien toma una decisión


Ir y quedarse, y con quedar partirse, 
partir sin alma, y ir con alma ajena...
Lope de Vega


Un pedazo de cielo es la portada. 

“Si uno mira con cuidado es como una fractal del cielo
en movimiento”.

Tres pájaros mojados descansan como cuervos en los cables eléctricos que enrollan mis manos al libro o al balcón de una calle de Caracas, ciudad Bolívar o Maracay. El título, Maneras de irse, suena a traducción de ways to go, façons d'aller o maniere di andarsene via. Puedo escucharlo perfectamente como una respuesta, detrás de “Uno llega de viaje y vuelve a encontrar la misma / tierra que lleva dentro: una idea de país, una / nostalgia de tierra que acogió pesares, un presente / que solo espera sudores para ser revelado”: “Son of man, / You cannot say, or guess, for you know only / A heap of broken images, where the sun beats”. Pero luego vuelve al oído y a la mirada la portada del libro azul y blanca como un parpadeo página a página, pliegues, circunstancias, lecturas, ejercicios del ojo y promesas de la imagen; vuelve la frase, los sonidos cotidianos que hace el café recién colao y de nuevo escuchas, a secas, que solo hay una manera de estar, pero que hay maneras de irse, de echar el cuento, lanzarlo al camino — que el camino es largo — y dejar huella en la memoria para ir y venir, salir y entrar, sin desasosiego, recordar como recuerda la lengua materna, que si no es toda la memoria, todo el lenguaje, “nos proporciona a base de lenguaje la salida del lenguaje, el atisbo de la realidad del mundo”, como diría el desterrado más simpático que he leído, Fabio Morabito.

No entiendo. Te digo que me voy y… 

¡Maneras! — pero qué fea palabra—, como “temas”, “televisión”, “Ipod” o “melómano”; ahí no hay nada, es como escuchar la nada. Hay palabras que por sí mismas solo hacen ruido chillón en forma de jarrón caído, vacías como la noticia de la muerte y desagradables como urinario de hiena; palabras que ahuyentan hasta las palmeras “y todo queda como lo callado / del monte cuando hay peligro”. Ruidos que se asemejan a la imaginación de los hombres y de los poetas, pero no son más que garabatos de lo que debería ser el sonido: “Hay un canto / de cigarra y luego el cesar y el templarse / en la espera”. ¿Escuchas a las cigarras, el sonido de las erres en el ventilador o el estruendo de la lluvia en el patio de una casa colonial que era una enfermería cuando estábamos chamos? Hoy, cuando nada tiene su nombre, o lo han perdido en la noche de las consignas, las banderas y los afiches, las palabras son tan vulgares como necesarias, nuestras palabras ya no se corresponden con el mundo. Las palabras se han ido, se han hecho pedazos, han caído en el caos. Y sin embargo nuestras palabras siguen siendo las mismas. No se han adaptado al país que algún día aceptaremos que fuimos, que también era un manera de ser.  De ahí que cada vez que intentamos hablar de lo que vemos, hablamos falsamente, deformando la cosa misma que tratamos de representar. Esto ha hecho que todo sea confusión y desorden, homicidio, simpleza, indiferencia, crueldad, ignorancia, exilio, ceguera, vanidad. Un país despedazado por los discursos, que solo nos ha dejado algunas palabras, retazos de infancia, de amor, de colegio, de universidad, de cine, de apartamento, de la primera cerveza, de carnavales, montañas y ciudades. Y los poetas, los más egoístas y populares, quieren captar todas esas imágenes en su actualidad, no como un flash fatuo sobre los desperdicios de la oscuridad relumbrando sobre el pasado o las plazas, sino como un lenguaje que diga lo que todos queremos decir.

¿De qué estás hablando, hombre loco? Yo solo acabo de decir que me quiero ir, que me iré a Chile.

Espera. Auden, Virgilio, Robert Frost y hasta Krishnamurti nos hablan, como nos hablaría cualquiera que se siente a nuestro lado en el pasillo de este hospital de paredes desconchadas, húmedas de un veneno amarillento y baboso. Cualquiera que se siente en la sala de espera de un país hecho de enfermos y muertos, nos hablaría de la intemperie que va de la cama al cansancio, de la cerveza a la viudez y de la madre socarrona que todavía habla con sus amigas muertas. Ya sabes como es este país: chévere y paradójico. Pero, ¿quién escribe y capta esas imágenes que guardamos antes de partir? ¿Alguna vez has subido a un autobús, del centro, al mediodía, hasta tu casa, escuchando opera, Carmen, de Bizet; Orfeo, de Monteverdi; Orfeo y Euridece, de Gluck? ¿Por qué hay escenas que recordamos como si fueran nuestras amantes, nuestros amigos, nuestro silencio, nuestros versos?

Nadie escribe versos.

Maneras de irse (el título es grosero y práctico), el más reciente libro de poemas escrito y publicado en Caracas, nos compromete con la humildad de los recuerdos, solo cuando la memoria no es “refrán de majaderos”: “Si te acercas, no significa que puedas verla, / es madrugada que lenta se respira”. La madrugada es una fotografía, un retrato, un espejo, una mujer, toda la proximidad inútil de la que todo el mundo habla, pero que el poeta, uno verdadero que ha preferido el silencio de la anécdota, del insomnio y la espera, anuncia, con la elocuencia y el lenguaje corriente a los cuales el poeta sabe que debe la misma importancia, una manera de encontrarse con su propio destierro cotidiano, ahí donde nadie voltea a ver, “Abre las manos al cielo, palpa las hojas o la arena” y te hace mejor persona, más culto y aventurero, amigo del sol, superas la imaginación, porque ese destierro quiere hacer las paces con la realidad.

No hay maneras. Solo hay una manera: irse. Ahora mismo, ya, porque sí.

Una manera quizás es la lentitud de quien toma una decisión (respira), con la iridiscencia de los gestos de aquel que escucha, arquea las cejas, se humedece los labios, parpadea sobre la nariz iconoclasta, mira sus dedos acercarse al humo, extiende su mano y el cigarrillo mudo, acomoda sus lentes en los ojos pequeños sobre una barba jamás fotografiada, respira otra vez y siente el cuello amplio, tensa la espalda, un dolor en los intestinos  y la mirada prudente, dice o repite lo que ve, con fe e inteligencia, “a verse sin camino. Sin dolientes”, como aquella vez en Venezia, cuando fuimos piadosos bajo la mirada del santo. O ahora mismo, en casa, consciente de la maldición terrenal y nacional (doble maldición, Herem: “con el consentimiento de Dios y con el de toda la comunidad, delante de todas las leyes y niños”): “Mi ciudad no es irreal, es muy cierta en sus / miserias y riquezas desde hace cientos de años”.

Pero se queda. El que se va y regresa, ese siempre se queda.

Como Ricardo Ramírez Requena, un poeta, profesor de literatura occidental en la Universidad Central de Venezuela. Joven, mentiroso y culto, como todos los demás poetas que muerden una fruta y dicen ver un árbol o un río en su interior.

Ningún poeta hará que nos quedemos en este país. ¡No han podido los políticos! 

Ayer tardé dos horas para comprar harina y detergente. Leía. Sentí que fueron dos minutos, si acaso media hora. Leía:

"Si te callas adentro, escuchas la lluvia como si fuera
un frotar de dedos".
Y de repente no era lluvia, era harina y jabón en el frotar de mis dedos. De repente yo lavaba el baño y mi mujer hacía arepas. Lo recordé toda la tarde: Si te callas adentro… Pero si te vas, hazlo lentamente, como toda buena decisión, ve y visita a tu madre y dile que hay fiestas en el norte de Irlanda, carnavales donde las multitudes parecen bolas de fuego; llama a Carolina, a Vanesa a Jesica, y háblales del paganismo, de creer en varios dioses que también beben cerveza, quizás alguna de ellas acepte hacer el amor contigo por puro aburrimiento, bajo un flamboyán, en un patio de velas; come, bebe; “estira las manos hacia el fuego, riégalo completo por tu cuerpo, vuélvete, en los andares de la tierra, uno más que se rebela y acepta ser plenamente, en su tiempo, macho o hembra”.

¿Tú eres marico?

¡Cállate, infeliz! Vete de esta ciudad, de estos balcones, de estas calles, de este país, vete y déjanos solos, "que estos golpes ocurren en el esplendor de su silencio y / según acontezca la mirada".


Apéndice
 
La poesía venezolana es tan país como metáfora. Hemos pasado por Europa y por la selva buscando más soledad; por el horizonte, el sol y la garza gongorina; por el insomnio, la enfermedad, la locura y la lepra; por el “signo molesto de la realidad” y “por mares de madera y barcos de agua”; por el dracma, el florentino y los peniques; por la derrota, por la noche (“de la noche venimos y hacia la noche vamos”), por el silencio de los colores, por Guigue y toda la terredad copernicana de nuestra entomología soñadora que narra la travesía y pierde el pudor del país y sus metáforas. Pero ayer los poetas eran hijos de inmigrantes o eran criminólogos, guerrilleros, académicos, alcohólicos, embajadores o jueces, cristianos, ateos o mahometanos. Cualquiera tenía su derecho girondino, jacobino o soviético.
Actualmente, todo a nuestro alrededor es dogmatica, hipocresía y escasez de miras, de verbos y silencio.
La pobreza y el sable gobierna, humilla y asesina.
Por eso, el poeta venezolano de hoy solo es espíritu (o debería serlo), alma peligrosa, que construye o lo destruye todo como edificios en un cementerio.
Quizás algún día llegue a poner bombas en los ministerios como los prosistas rusos del siglo XIX. Pero no. Todavía escriben desde las alturas y la comodidad de edificios construidos en 1964, en apartamentos atestados de libros en inglés, francés, italiano o rumano.

Yo pienso (quiero creer, imagino) que los poetas jóvenes venezolanos buscan palabras entrañables para lo que nos sucede y seguirá sucediendo si todos en este país no encontramos un lenguaje nuevo para la política, la arquitectura, la medicina, la economía y la técnica, la tecnología, el atletismo, la biología y toda la pedagogía por venir. No es fácil. Pero tenemos poetas, jóvenes como el siglo XXI, como Ricardo Ramírez Requena, que ha captado el presente para su preparación, para su advenimiento: ir o quedarse, ¡quién sabe!, pero si nos vamos, parece que nos dice el poeta (y yo le creo), el exilio tendrá que ser un exilio cultivado en las mismas calles que hagan pensar y sentir y decir “Soy un hombre ahora más parecido al que compuso Vivaldi”, así, libresco, lírico, poderoso, tierno, feliz, amigable, maestro.

Lo que Ricardo ha escrito en estos poemas (descripciones de epifanías, maneras de irse), ya es “alma ajena” de nuestros tiempos que ruega, manda, saluda, amenaza, disuade y exhorta a todos nosotros que “uno cambia, acepta, persuade”, que aquí y ahora, ya conocemos “la templanza”, “la serenidad”, “el sosiego”.






lunes, 6 de octubre de 2014

Mañana sucederá


Mañana, en esta misma ciudad, maracayo, maracayar (jaguar), maraca (semilla colgante y viento o soplo silencioso al sonar), Maracay, caerá el día sobre seis mil toneladas de cemento y hierro pegados a estas ganas de vivir aficionadas que tengo de mirar por la ventana y descubrir que hoy amaneció, que estoy vivo, que mi cuerpo se apoya en el café y en el peso que siento desde el estómago a la boca y me lanza del apartamento del cuarto piso que queda en el centro de la buhonería enrollada a los edificios donde duermen millones de palomas piojosas y húmedas por el hollín y la orina de los perros. Comida, dirían los chinos del restaurante, que fuman y sobornan al capitán del ejército Zurita Wilmer, encargado de sanidad y sanitarismo urbano.
Por estos días es lo único que me hace sentir que el corazón parpadea. Comer, masticar y engullir pan y espagueti con salsa de tomate y mayonesa fría, cocacola, televisión, uñas, y azúcar en una cuchara pequeña, dos o tres dosis cada hora. Así son los recuerdos desde hace quince años. Un día, borracho (por esa época pasaba todo el día como un jaguar de zoológico bebiendo cerveza en el restauran chino de flores plásticas), le dije a un hombre que hablaba de boxeo que el tiempo que pasa se parece a una manzana, que no suena, que no la veo, fría y cotidiana en la superioridad de la realidad, inalcanzable o invisible, escasa.  Llueve, truene o relampaguee no dejo de pensar en las necesidades. Hace años que no veo una manzana. Pensarlo es tan humilde como una naranja.
Ayer han matado a un hombre de 30 puñaladas; mi padre no encuentra sus medicinas para vivir sin dolor en los huesos; el día que murió mi tío Pedro de una extraña fiebre sobre una camilla desparratada, con el cerebro en la mano y la mirada roja y perdida en el techo negro sin enfermería, murieron otras 12 personas, de la misma fiebre o abaleados. Al día siguiente no había cemento, tierra ni urnas para todos ellos, hinchados, sin muelas, sin yodo ni gasas en el pecho. Sin autopsia. Todos cargamos nuestros muertos por cuatro días más, todos tenían la misma cicatriz cruda en el pecho, con sus órganos en bandejas y una piedra de almohada, cubiertos por las ramas y las moscas del patio de una casa colonial. Allí, familiares y amigos lloraban y reían, lloraban y otra vez reían como colegiales a la hora del recreo. Compramos cerveza y le hablábamos a los muertos de su ausencia ya sin cuerpo, ya sin llanto ni risas; solo hablábamos, enamorados y ciegos.
Yo quería comer manzanas bajo la lluvia, en ese patio, con ese olor, con la misma ropa de hace días y también picado de mosquitos, con el llanto y la risa tristes por las hormigas y por los ojos cerrados. Pero recen, recen para que no llueva, nos dijo el dueño de la funeraria
hospitalaria, de todos los patios y pórticos del mundo, recen para que no llueva, porque si llueve los enterradores no trabajan.
Y todos respiramos al mismo tiempo con la mirada en la garganta, en el sexo, en las manos o en el cuello de nuestros padres, hermanos y amigos muertos.
Nadie dijo que nosotros estábamos vivos.
Rezamos. Dudamos.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Premonición



Yo pienso y creo que amanece.

Amanece pensando que estoy muerto.

Sin duda, me muevo,
pero es el Sol, dice el forense.

Asesinado por cara de caballo,
un hombre, sí, un hombre, venas,
nervio, mandíbula, sombra,
bípedo 
mamífero 
cristiano,
un violador, un preso,
homicida y libre, con bigote escaso y negro,
franela color arrodíllate, maldito, perro, quieto.

El sueño es una morgue como un camaleón por dentro,
y las moscas ya son semanas,
desaparezco.

Despierto, solo, ingenuo,
en la cama que de niño ya era de hombre,
sano, culto, mentiroso, cruel,
era otro sueño,
del que nunca hablé,
sueño que me han enterrado por lo que no tengo,
por lo que no sé.

jueves, 5 de junio de 2014




Mira,
matan a la mujer de un vigilante en la puerta de su casa.
Mira, amor, mira,
la puerta con los ojos cerrados todavía está caliente
y el asesino orina sangre y sudor y lagrimas.

El trabajo, la indiferencia y los días pasan, inmensos,
catedrales, dromedarios, hernias, glándulas que revientan a cada paso
 y pasaba el tiempo tan de prisa que era mejor decir nadie la ha tocado,
es virgen, es hombre, reptil, es solo agua sobre la cama.

Ya nadie recuerda ese día ni el sonido que hace el placer
sin risas y sin rostros.

Solo las moscas saben dónde está el recuerdo.
Yo solo quiero que un gato sea su cadáver.

Mira,
el asesino es un animal muerto, y nosotros,
jaulas, circo, una masacre, un fotógrafo, una sonrisa,
chistes en morgues y funerales,
la muerte estaba gorda y la camilla chillaba
nada, nada, nada,
la mujer estaba embarazada
y el niño crece impenetrable
en la sala de espera de todos los hospitales.


Ilustración: Robada a María Mercromina.