miércoles, 15 de octubre de 2014

La lentitud de quien toma una decisión


Ir y quedarse, y con quedar partirse, 
partir sin alma, y ir con alma ajena...
Lope de Vega


Un pedazo de cielo es la portada. 

“Si uno mira con cuidado es como una fractal del cielo
en movimiento”.

Tres pájaros mojados descansan como cuervos en los cables eléctricos que enrollan mis manos al libro o al balcón de una calle de Caracas, ciudad Bolívar o Maracay. El título, Maneras de irse, suena a traducción de ways to go, façons d'aller o maniere di andarsene via. Puedo escucharlo perfectamente como una respuesta, detrás de “Uno llega de viaje y vuelve a encontrar la misma / tierra que lleva dentro: una idea de país, una / nostalgia de tierra que acogió pesares, un presente / que solo espera sudores para ser revelado”: “Son of man, / You cannot say, or guess, for you know only / A heap of broken images, where the sun beats”. Pero luego vuelve al oído y a la mirada la portada del libro azul y blanca como un parpadeo página a página, pliegues, circunstancias, lecturas, ejercicios del ojo y promesas de la imagen; vuelve la frase, los sonidos cotidianos que hace el café recién colao y de nuevo escuchas, a secas, que solo hay una manera de estar, pero que hay maneras de irse, de echar el cuento, lanzarlo al camino — que el camino es largo — y dejar huella en la memoria para ir y venir, salir y entrar, sin desasosiego, recordar como recuerda la lengua materna, que si no es toda la memoria, todo el lenguaje, “nos proporciona a base de lenguaje la salida del lenguaje, el atisbo de la realidad del mundo”, como diría el desterrado más simpático que he leído, Fabio Morabito.

No entiendo. Te digo que me voy y… 

¡Maneras! — pero qué fea palabra—, como “temas”, “televisión”, “Ipod” o “melómano”; ahí no hay nada, es como escuchar la nada. Hay palabras que por sí mismas solo hacen ruido chillón en forma de jarrón caído, vacías como la noticia de la muerte y desagradables como urinario de hiena; palabras que ahuyentan hasta las palmeras “y todo queda como lo callado / del monte cuando hay peligro”. Ruidos que se asemejan a la imaginación de los hombres y de los poetas, pero no son más que garabatos de lo que debería ser el sonido: “Hay un canto / de cigarra y luego el cesar y el templarse / en la espera”. ¿Escuchas a las cigarras, el sonido de las erres en el ventilador o el estruendo de la lluvia en el patio de una casa colonial que era una enfermería cuando estábamos chamos? Hoy, cuando nada tiene su nombre, o lo han perdido en la noche de las consignas, las banderas y los afiches, las palabras son tan vulgares como necesarias, nuestras palabras ya no se corresponden con el mundo. Las palabras se han ido, se han hecho pedazos, han caído en el caos. Y sin embargo nuestras palabras siguen siendo las mismas. No se han adaptado al país que algún día aceptaremos que fuimos, que también era un manera de ser.  De ahí que cada vez que intentamos hablar de lo que vemos, hablamos falsamente, deformando la cosa misma que tratamos de representar. Esto ha hecho que todo sea confusión y desorden, homicidio, simpleza, indiferencia, crueldad, ignorancia, exilio, ceguera, vanidad. Un país despedazado por los discursos, que solo nos ha dejado algunas palabras, retazos de infancia, de amor, de colegio, de universidad, de cine, de apartamento, de la primera cerveza, de carnavales, montañas y ciudades. Y los poetas, los más egoístas y populares, quieren captar todas esas imágenes en su actualidad, no como un flash fatuo sobre los desperdicios de la oscuridad relumbrando sobre el pasado o las plazas, sino como un lenguaje que diga lo que todos queremos decir.

¿De qué estás hablando, hombre loco? Yo solo acabo de decir que me quiero ir, que me iré a Chile.

Espera. Auden, Virgilio, Robert Frost y hasta Krishnamurti nos hablan, como nos hablaría cualquiera que se siente a nuestro lado en el pasillo de este hospital de paredes desconchadas, húmedas de un veneno amarillento y baboso. Cualquiera que se siente en la sala de espera de un país hecho de enfermos y muertos, nos hablaría de la intemperie que va de la cama al cansancio, de la cerveza a la viudez y de la madre socarrona que todavía habla con sus amigas muertas. Ya sabes como es este país: chévere y paradójico. Pero, ¿quién escribe y capta esas imágenes que guardamos antes de partir? ¿Alguna vez has subido a un autobús, del centro, al mediodía, hasta tu casa, escuchando opera, Carmen, de Bizet; Orfeo, de Monteverdi; Orfeo y Euridece, de Gluck? ¿Por qué hay escenas que recordamos como si fueran nuestras amantes, nuestros amigos, nuestro silencio, nuestros versos?

Nadie escribe versos.

Maneras de irse (el título es grosero y práctico), el más reciente libro de poemas escrito y publicado en Caracas, nos compromete con la humildad de los recuerdos, solo cuando la memoria no es “refrán de majaderos”: “Si te acercas, no significa que puedas verla, / es madrugada que lenta se respira”. La madrugada es una fotografía, un retrato, un espejo, una mujer, toda la proximidad inútil de la que todo el mundo habla, pero que el poeta, uno verdadero que ha preferido el silencio de la anécdota, del insomnio y la espera, anuncia, con la elocuencia y el lenguaje corriente a los cuales el poeta sabe que debe la misma importancia, una manera de encontrarse con su propio destierro cotidiano, ahí donde nadie voltea a ver, “Abre las manos al cielo, palpa las hojas o la arena” y te hace mejor persona, más culto y aventurero, amigo del sol, superas la imaginación, porque ese destierro quiere hacer las paces con la realidad.

No hay maneras. Solo hay una manera: irse. Ahora mismo, ya, porque sí.

Una manera quizás es la lentitud de quien toma una decisión (respira), con la iridiscencia de los gestos de aquel que escucha, arquea las cejas, se humedece los labios, parpadea sobre la nariz iconoclasta, mira sus dedos acercarse al humo, extiende su mano y el cigarrillo mudo, acomoda sus lentes en los ojos pequeños sobre una barba jamás fotografiada, respira otra vez y siente el cuello amplio, tensa la espalda, un dolor en los intestinos  y la mirada prudente, dice o repite lo que ve, con fe e inteligencia, “a verse sin camino. Sin dolientes”, como aquella vez en Venezia, cuando fuimos piadosos bajo la mirada del santo. O ahora mismo, en casa, consciente de la maldición terrenal y nacional (doble maldición, Herem: “con el consentimiento de Dios y con el de toda la comunidad, delante de todas las leyes y niños”): “Mi ciudad no es irreal, es muy cierta en sus / miserias y riquezas desde hace cientos de años”.

Pero se queda. El que se va y regresa, ese siempre se queda.

Como Ricardo Ramírez Requena, un poeta, profesor de literatura occidental en la Universidad Central de Venezuela. Joven, mentiroso y culto, como todos los demás poetas que muerden una fruta y dicen ver un árbol o un río en su interior.

Ningún poeta hará que nos quedemos en este país. ¡No han podido los políticos! 

Ayer tardé dos horas para comprar harina y detergente. Leía. Sentí que fueron dos minutos, si acaso media hora. Leía:

"Si te callas adentro, escuchas la lluvia como si fuera
un frotar de dedos".
Y de repente no era lluvia, era harina y jabón en el frotar de mis dedos. De repente yo lavaba el baño y mi mujer hacía arepas. Lo recordé toda la tarde: Si te callas adentro… Pero si te vas, hazlo lentamente, como toda buena decisión, ve y visita a tu madre y dile que hay fiestas en el norte de Irlanda, carnavales donde las multitudes parecen bolas de fuego; llama a Carolina, a Vanesa a Jesica, y háblales del paganismo, de creer en varios dioses que también beben cerveza, quizás alguna de ellas acepte hacer el amor contigo por puro aburrimiento, bajo un flamboyán, en un patio de velas; come, bebe; “estira las manos hacia el fuego, riégalo completo por tu cuerpo, vuélvete, en los andares de la tierra, uno más que se rebela y acepta ser plenamente, en su tiempo, macho o hembra”.

¿Tú eres marico?

¡Cállate, infeliz! Vete de esta ciudad, de estos balcones, de estas calles, de este país, vete y déjanos solos, "que estos golpes ocurren en el esplendor de su silencio y / según acontezca la mirada".


Apéndice
 
La poesía venezolana es tan país como metáfora. Hemos pasado por Europa y por la selva buscando más soledad; por el horizonte, el sol y la garza gongorina; por el insomnio, la enfermedad, la locura y la lepra; por el “signo molesto de la realidad” y “por mares de madera y barcos de agua”; por el dracma, el florentino y los peniques; por la derrota, por la noche (“de la noche venimos y hacia la noche vamos”), por el silencio de los colores, por Guigue y toda la terredad copernicana de nuestra entomología soñadora que narra la travesía y pierde el pudor del país y sus metáforas. Pero ayer los poetas eran hijos de inmigrantes o eran criminólogos, guerrilleros, académicos, alcohólicos, embajadores o jueces, cristianos, ateos o mahometanos. Cualquiera tenía su derecho girondino, jacobino o soviético.
Actualmente, todo a nuestro alrededor es dogmatica, hipocresía y escasez de miras, de verbos y silencio.
La pobreza y el sable gobierna, humilla y asesina.
Por eso, el poeta venezolano de hoy solo es espíritu (o debería serlo), alma peligrosa, que construye o lo destruye todo como edificios en un cementerio.
Quizás algún día llegue a poner bombas en los ministerios como los prosistas rusos del siglo XIX. Pero no. Todavía escriben desde las alturas y la comodidad de edificios construidos en 1964, en apartamentos atestados de libros en inglés, francés, italiano o rumano.

Yo pienso (quiero creer, imagino) que los poetas jóvenes venezolanos buscan palabras entrañables para lo que nos sucede y seguirá sucediendo si todos en este país no encontramos un lenguaje nuevo para la política, la arquitectura, la medicina, la economía y la técnica, la tecnología, el atletismo, la biología y toda la pedagogía por venir. No es fácil. Pero tenemos poetas, jóvenes como el siglo XXI, como Ricardo Ramírez Requena, que ha captado el presente para su preparación, para su advenimiento: ir o quedarse, ¡quién sabe!, pero si nos vamos, parece que nos dice el poeta (y yo le creo), el exilio tendrá que ser un exilio cultivado en las mismas calles que hagan pensar y sentir y decir “Soy un hombre ahora más parecido al que compuso Vivaldi”, así, libresco, lírico, poderoso, tierno, feliz, amigable, maestro.

Lo que Ricardo ha escrito en estos poemas (descripciones de epifanías, maneras de irse), ya es “alma ajena” de nuestros tiempos que ruega, manda, saluda, amenaza, disuade y exhorta a todos nosotros que “uno cambia, acepta, persuade”, que aquí y ahora, ya conocemos “la templanza”, “la serenidad”, “el sosiego”.






lunes, 6 de octubre de 2014

Mañana sucederá


Mañana, en esta misma ciudad, maracayo, maracayar (jaguar), maraca (semilla colgante y viento o soplo silencioso al sonar), Maracay, caerá el día sobre seis mil toneladas de cemento y hierro pegados a estas ganas de vivir aficionadas que tengo de mirar por la ventana y descubrir que hoy amaneció, que estoy vivo, que mi cuerpo se apoya en el café y en el peso que siento desde el estómago a la boca y me lanza del apartamento del cuarto piso que queda en el centro de la buhonería enrollada a los edificios donde duermen millones de palomas piojosas y húmedas por el hollín y la orina de los perros. Comida, dirían los chinos del restaurante, que fuman y sobornan al capitán del ejército Zurita Wilmer, encargado de sanidad y sanitarismo urbano.
Por estos días es lo único que me hace sentir que el corazón parpadea. Comer, masticar y engullir pan y espagueti con salsa de tomate y mayonesa fría, cocacola, televisión, uñas, y azúcar en una cuchara pequeña, dos o tres dosis cada hora. Así son los recuerdos desde hace quince años. Un día, borracho (por esa época pasaba todo el día como un jaguar de zoológico bebiendo cerveza en el restauran chino de flores plásticas), le dije a un hombre que hablaba de boxeo que el tiempo que pasa se parece a una manzana, que no suena, que no la veo, fría y cotidiana en la superioridad de la realidad, inalcanzable o invisible, escasa.  Llueve, truene o relampaguee no dejo de pensar en las necesidades. Hace años que no veo una manzana. Pensarlo es tan humilde como una naranja.
Ayer han matado a un hombre de 30 puñaladas; mi padre no encuentra sus medicinas para vivir sin dolor en los huesos; el día que murió mi tío Pedro de una extraña fiebre sobre una camilla desparratada, con el cerebro en la mano y la mirada roja y perdida en el techo negro sin enfermería, murieron otras 12 personas, de la misma fiebre o abaleados. Al día siguiente no había cemento, tierra ni urnas para todos ellos, hinchados, sin muelas, sin yodo ni gasas en el pecho. Sin autopsia. Todos cargamos nuestros muertos por cuatro días más, todos tenían la misma cicatriz cruda en el pecho, con sus órganos en bandejas y una piedra de almohada, cubiertos por las ramas y las moscas del patio de una casa colonial. Allí, familiares y amigos lloraban y reían, lloraban y otra vez reían como colegiales a la hora del recreo. Compramos cerveza y le hablábamos a los muertos de su ausencia ya sin cuerpo, ya sin llanto ni risas; solo hablábamos, enamorados y ciegos.
Yo quería comer manzanas bajo la lluvia, en ese patio, con ese olor, con la misma ropa de hace días y también picado de mosquitos, con el llanto y la risa tristes por las hormigas y por los ojos cerrados. Pero recen, recen para que no llueva, nos dijo el dueño de la funeraria
hospitalaria, de todos los patios y pórticos del mundo, recen para que no llueva, porque si llueve los enterradores no trabajan.
Y todos respiramos al mismo tiempo con la mirada en la garganta, en el sexo, en las manos o en el cuello de nuestros padres, hermanos y amigos muertos.
Nadie dijo que nosotros estábamos vivos.
Rezamos. Dudamos.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Premonición



Yo pienso y creo que amanece.

Amanece pensando que estoy muerto.

Sin duda, me muevo,
pero es el Sol, dice el forense.

Asesinado por cara de caballo,
un hombre, sí, un hombre, venas,
nervio, mandíbula, sombra,
bípedo 
mamífero 
cristiano,
un violador, un preso,
homicida y libre, con bigote escaso y negro,
franela color arrodíllate, maldito, perro, quieto.

El sueño es una morgue como un camaleón por dentro,
y las moscas ya son semanas,
desaparezco.

Despierto, solo, ingenuo,
en la cama que de niño ya era de hombre,
sano, culto, mentiroso, cruel,
era otro sueño,
del que nunca hablé,
sueño que me han enterrado por lo que no tengo,
por lo que no sé.

jueves, 5 de junio de 2014




Mira,
matan a la mujer de un vigilante en la puerta de su casa.
Mira, amor, mira,
la puerta con los ojos cerrados todavía está caliente
y el asesino orina sangre y sudor y lagrimas.

El trabajo, la indiferencia y los días pasan, inmensos,
catedrales, dromedarios, hernias, glándulas que revientan a cada paso
 y pasaba el tiempo tan de prisa que era mejor decir nadie la ha tocado,
es virgen, es hombre, reptil, es solo agua sobre la cama.

Ya nadie recuerda ese día ni el sonido que hace el placer
sin risas y sin rostros.

Solo las moscas saben dónde está el recuerdo.
Yo solo quiero que un gato sea su cadáver.

Mira,
el asesino es un animal muerto, y nosotros,
jaulas, circo, una masacre, un fotógrafo, una sonrisa,
chistes en morgues y funerales,
la muerte estaba gorda y la camilla chillaba
nada, nada, nada,
la mujer estaba embarazada
y el niño crece impenetrable
en la sala de espera de todos los hospitales.


Ilustración: Robada a María Mercromina.

domingo, 2 de febrero de 2014



Philip Seymour Hoffman

 Charlie Wilson´s war, (2013).


Muere un actor y la creación se siente… Aparece Philip Seymour Hoffman en escena, de perfil, y camina lentamente hacia un espejo que todavía no refleja su rostro de mujer, de travesti, de una sensación o una mirada que mantiene el llanto desesperado de un actor encerrado en el cuerpo de un hombre obeso y pálido; pero se mira, respira o recuerda y mastica lo que tiene que decir, se maquilla el pómulo gordo, flácido y pegado al amaneramiento, al dialogo, y piensa que algún día va a morir, de sida, de una sobredosis o de fuertes golpes en la cabeza, sin rabia, sin complejos, sin premeditaciones. ¿Los personajes también son de carne y hueso?, se pregunta, pero sabe que tiene que volver a sentir que es homosexual, o cura, o mejor amigo, o editor de una revista de rock, o cualquier otro maldito desesperado por la estupidez del progreso y la honradez que aconseja quitarse todas las mascaras.

Vuelve a mirar con la mirada de máscara, racional, real, pura, limpia y lógica mirada de máscara caótica: Sólo ha sido un amante celoso que ahora, también, mira su sangre entre pedacitos de espejo esparcidos en el piso de una habitación oscura de paredes púrpuras y perfumadas por un detergente barato, seco, blanco, que mi madre usaba cuando vivía sola. Y se apagan las cámaras.


Ahora imagina el pasado de uno de sus personajes cayendo de un decimo segundo piso. Es que sus pestañas son demasiado rubias para dejar de imaginar, de pie y con su frente desnuda mientras alguien más le habla, Robert DeNiro o el vigilante nocturno de la Metro Goldwyn Mayer.


Nada de eso está en el guión, Philip; escribo mientras él actúa en mi imaginación, la horizontal, la de voces como palabras.

Ya sé, ya sé lo que vas a decir, que nadie lo sabe ni lo sabrá jamás, que para no distraerte piensas que los personajes tienen un pasado común con el tuyo, y que cuando actúas o creen que actúas, los gestos, la voz y el mismo personaje aparece con la sencillez intima de los espejos, que sólo coinciden con la realidad.


Es como cuando no decimos nada a nadie (“yo sé algo que tú no sabes”, canturrean los niños), pero nos miran, todos los demás extrañamente nos miran, y esperan, quizás confundidos, que seas breve, que quemes todas las máscaras en un saludo por la mañana, “goodmorning…”, y subes a tu apartamento en Nueva York, indiferente y más delgado. Callan. Adivinas.


Muere un actor y la creación se siente herida.


 Flawless, (1999).


miércoles, 22 de enero de 2014

 Vida y destino 
Una novela y la libertad, aquí y ahora



En ruso Sonia es el diminutivo de Sofía; Sonia y Sofía no son dos mujeres diferentes, como en Venezuela, en Méjico, o en la España republicana o franquista. En Rusia, la blanca y la roja, con el mismo tren que llevó a Lenin y a John Reed desde la prehistoria hasta Finlandia, Sonia y Sofía es una sola mujer: el recuerdo de una niña jugando a las escondidas, y al mismo tiempo, una mujer con los ojos pequeñitos de intemperie, buscando en el recuerdo a través del humo del cigarrillo que fuma su primer esposo y que está sentado frente a una mesa de madera de Abedul, el techo bajo, las paredes abiertas por balas perdidas, las sienes borrosas y la mandíbula triste  por el almuerzo de un jueves, diciembre de 1943, en casa y sin noticias del hijo que está a orillas del río Volga, el frente de batalla a la invasión nazi.
En la mano y en silencio, 300 páginas después, otra mujer, Nadia, le dice a su padre: “Los revolucionarios son estúpidos o deshonestos; no se puede sacrificar la vida de toda una generación por una imaginaria felicidad futura…”.

“Maldita sea”, pienso.

Es temprano y llegan los periódicos a casa. Una página más y voy a oler la prensa, me digo a mí mismo al final del capítulo 49.

Todavía describen el asesinato de Mónica Spear, sociólogos, economistas y criminólogos, y hasta el padre de Spear comenta, con ese tipo de humildad cruel que sólo la muerte concede, sobre su hija, muerta como cualquier otro muerto a orillas de la carretera, en una fiesta o a las doce del mediodía, ella, la miss Venezuela 2004, asesinada por el “pobre mestizo” (las comillas son del Sr. presidente).
Entonces recuerdo que el padre de Nadia le pregunta si sus ideas son influencia de la filosofía del hombre con el que ahora está saliendo. Dentro de tres semanas va al frente. Ahí está toda la filosofía: hoy estás vivo, mañana ya no, –fue la respuesta de Nadia.

El Nacional y Tal Cual, nada más, esos son los periódicos que compramos en casa. Allí, las noticias desilusionan y asombran como la respuesta de Nadia: “15 homicidios semanales”, “los militares controlan el 25% de los ministerios”, “empresas del Estado sabotean construcción”. En Venezuela, toda la filosofía es una habladuría que los indiferentes y los cínicos aprenden de memoria para llegar al poder del partido y del Estado (Estado-Partido) y convencer a las masas, al pueblo o al país de la culpa, de la miseria y de la revolución, y transformar al venezolano personalísimo en una burocracia evangélica que recogerá la basura de las calles y bautizará a los niños con nombres raros. (La comuna es el infierno, decía Flaubert). Y lo insoportable es que estos cínicos e indiferentes de la comuna son, al parecer, los únicos que se enfrentan a la ironía, esa contradicción de tener y no tener dinero, paz u comprensión y que nos condena a la risa estúpida en todas las conversaciones.

“En la casa vacía y abandonada se había producido el último adiós con los muertos que se habían ido para siempre.”

Ahora sí, acabo de pasar la última página de Vida y destino, la novela de un periodista de la guerra, ruso, soviético (ucraniano), Vasili Grossman, el escritor que ha convertido a la honestidad en un asunto de guerra, el periodista de 135 kilos, miope y cojo, que logró un puesto, sano y a salvo, entre la censura, aviones y tanques soviéticos. Sano y salvo, digo, como si dijera “inteligente” y “valiente”: Imaginen a un hombre que escribe alternativamente artículos y crónicas entre el silbido y la pausa de un bombardeo que cae sobre las 1700 balas por minuto de la ametralladora MG42, operada por alemanes de 19 a 25 años de edad, que van a morir, alternativamente, por su raza y por algún himno de Wagner que suena en la razón y en la destrucción humana. Aún así, Grossman, que algún día llegará a escribir que el nazismo y el comunismo son la misma “inmundicia”, el mismo “Estado de partido”, “la forma diferente de una misma esencia”, escribe y publica para la Estrella roja, el periódico militar de la Unión Soviética, las descripciones de la II Guerra Mundial, el vacío natural y el retrato de la angustia de jóvenes militares rusos, el testimonio de los tanquistas y francotiradores y hasta uno que otro elogio que siempre serán publicados bajo sospecha en las páginas de La estrella…, pero la astucia de nuestro periodista es proverbial, fulminante y luminosa, y nunca escribirá ideas ni opiniones. La realidad era su única denuncia, su único silencio. Las opiniones y las ideas estaban en la mente de los censores.

Hoy y aquí, lunes o martes, Venezuela o Ucrania, 49 años después de su muerte, estoy en la misma habitación, mi cabeza, un espejo de paredes blancas y sucias, de piernas desnudas, de “15 homicidios semanales” y de 1150 páginas al borde de mi cama: Un hombre está preso, infecto de piojos, y habla con otro hombre, el que lo delatará la semana que viene. Un gulag y dos miembros del partido comunista. El nazi, compañero de la prisión oscura, se ríe de ellos. Los presos comunes, homicidas y violadores, los vigilan: son los guardias.

Esta novela es una historia, son historias más importantes que los recuerdos, donde la narración es un tratado sobre teoría política, sociología, historia, ética, ciencia, filosofía y religión, puestos como glosarios inscritos en los muros imperceptibles de la realidad y en la cabeza de unos personajes que no saben nada, que viven en una “deshonesta esperanza” y en la “discreción frente a las injusticias”. “¡Bondad ciega, insensata, perjudicial!” de niños, mujeres y hombres que hacen largas colas por un pedazo de pan o hacia la cámara de gas, que químicamente, y esto lo saben fascistas, nazistas, comunistas y socialistas, ¡el hombre!, es el mismo alimento para una misma cosa que se descompone sin importar las ideas o los sentimientos, el sabor o la mirada, que desaparecen entre insectos futuros, ignorantes y bajo la tierra que gira y gira mientras caen muros e inocentes. ¿Es la misma bondad? Grossman es un Dostoievski amable.

Un científico que trata de comprender cómo toda una vida es consagrada a la técnica y al valor del futuro como un hecho científico es reducida a chismes en el laboratorio entre espías y amigos. Una madre que espera a su hijo y sólo encuentra el rostro y el testimonio de jóvenes enfermeras. Un funcionario público, soviet chiquito, miente a los periodistas de 1943 sobre la situación en Ucrania (los rusos acabaron con pueblos enteros). Un nazi que admira a Stalin. La carta de Anna Semiónovna a su hijo Vitia. Judíos que cuidan celosamente su puesto en la cola de judíos que va a alguna parte. Un cura que explica por qué el celibato, moralmente, es tan igual a morir por una causa revolucionaria, –“ustedes dan su vida por el hombre, yo no me acuesto con mujeres por Dios” –. El capítulo 50 de la primera parte. Dos francotiradores que desaparecen cuando alguien hace una broma sobre los piojos en la espalda y en el sexo. El silencio de las balas perdidas y el polvo, hasta que al fin, un día, una niña juega con escarabajos, los besaba, les contaba historias, luego los soltaba y después se echaba a llorar, les llamaba por su nombre, les suplicaba que volviera.

Grossman jamás llegó a saber que su novela sería publicada, sólo se quedó con la soledad bien escrita entre discursos políticos y llamadas telefónicas, la reflexión sobre santos y teorías sociales que también cantan y describen el movimiento browniano alrededor del humo caliente de la cebolla para el escorbuto; solo, con el ánimo de diálogos y escenas en refugios y campos de concentración para judíos, gitanos, musulmanes estudiantes de arte en Berlín, presos políticos húngaros, hindúes de tren, calmucos, homosexuales y hombres con la nariz muy grande.
Solo, con la vida y la muerte, con “el amor ciego y mudo que es el sentido del hombre”.

En 1962 la KGB entró en el apartamento de Grossman y robó el manuscrito de Vida y destino. Allí estaba escrito: “ni el destino ni la historia ni la ira del Estado ni la gloria o la infamia de la batalla tienen poder para transformar a los que llevan por nombre seres humanos… y lo mismo para aquellos que ya han muerto”.
Yo, vuelvo a leer los periódicos de mi país y la noticia de la muerte de alguien más, injustamente, sin comprender, me da fuerza, vida y destino para ser libre, dolorosamente libre, pienso, y me siento ridículo con estas palabras, solo, indiferente, pero con ganas de escribir, reír, beber cerveza, conversar, fumar y caminar entre homicidas y corruptos. Estoy vivo.


Vasili Grossman