lunes 30 de enero de 2012


Baja, estoy aquí.
Abro la puerta, aprieto las llaves, cuatro pisos más abajo veo el cielo a pedazos, uno a uno, caen conmigo, con mis pasos, tiempo mío, tiempo hinchado de orina en los pasillos, de paredes rayadas como aquel cuento de Quiroga, de los niños jugando al futbol entre los árboles y de esa mujer que espera sentada en las escaleras. Las cervezas de anoche están en mi cabeza y en el color de su cuello. Subimos. El ascensor es una plaza donde los besos son como segundos. Se abre el espejo a nuestras espaldas. Pasillo de luz vacía, olor a orina entre el Sol y los perros que beben de la cerveza en mi cabeza. Sus manos son pequeñas como sus ojos, se que se viste lentamente como esa mirada: llevo franela, bluyín y los gestos de ayer a las cuatro de la tarde. Piensa que no soy el mismo, o tal vez lo dijo y fingí no escucharla. Pero “el día es más corto que un dedo” –digo entre los dientes que ella ya conoce- y mi cuerpo se detiene, vuelve, cerrado, no se escucha, abierto, con las manos en los bolsillos, ahora su mirada me busca manchas en la cara, aprieto las llaves. La voz le desnuda la sonrisa. Mi habitación es un espejo, una cama, una lámpara, una ventana, libros, la misma ciudad que ya pasamos, rayas.      

-¿Qué estás viendo?, ¡No me digas!, quédate así.


jueves 26 de enero de 2012







Una vez vi una palabra volar; no corregiré, aún así, no puedo desaparecer.

Aquí estoy, -así dicen-.









  

jueves 12 de enero de 2012

 


Nací casi muerto, eso es ya demasiado. Pero luego, aprendí a hablar. Ahora, el último día espejiza, mastico.

miércoles 11 de enero de 2012


 Cada uno de mis gestos en cada uno de sus gestos
 ¿Qué fantasma seremos?


miércoles 4 de enero de 2012


El mundo de los deseos y ambiciones es una válvula, abre y cierra el espacio de la boca al estomago y del estomago a los pasos y los pasos como la vida y la muerte, uno a uno, de las paredes al gusto inconsciente y soberano de reír solo. Reír de lo que tienes, reír por las calles, reír en los ascensores, pasillos y comedores, -¿miedo?-. Esta ciudad de una sola habitación, me siento en la orilla de la cama, me quito los zapatos, conozco los movimientos, los se, están tejidos en mi respiración, al universo en humo comprimido que pasa por la risa viril y el pulmón abierto (función de los ojos que aparta lo visible de lo espeso y se me mete por las palabras), Jajajaja ¡Suturas! Maternidad de engranajes, hospitalaria herida  de madrugada caliente; acabo de llegar, acabo de nacer y el cuerpo es mi nombre: Rubén, basta, Rubén. Las vocales suturan la oscuridad, la piel, los sonidos, la sangre, el sentido, y la respiración articula mi rostro, el surco de mi pecho, el sexo, la luz, el cementerio vacío de mis manos con las que aprieto los últimos billetes que quedan en mi bolsillo, dinero de una larga conversación, dinero de la distancia, dinero del arte, de la espuma amarillenta, dinero que me gano mintiendo a los demás, -naturaleza muerta-, a los demás.

lunes 28 de noviembre de 2011

¿Desaparecido?


Mis brazos están apoyados en el escritorio, palabra por palabra siento el peso de mis ojos confundidos con el temblar de las manos, la sangre creciendo como pelo, surco a surco deja caer en el estomago la materia invisible de lo que algún día escribiré. Me queda la boca, sola, negra, ¿túnel?, caballo transparente y rosado, carnación, herida infinita, comienzo de los comienzos, pliegue, sutura del corazón, animal que canta dormido.

¿Duermes? – pregunta –.

– No, imagino que escribo –.

Mañana te digo si soñamos, pasará con el tiempo, mitad luz, mitad silencio.

La locura me separa de lo invisible, esa otra muerte que palpita y divide.

Hablar solo, sí, hablar solo.



martes 6 de septiembre de 2011


Las servilletas tienen algo de nocturno entre sus pliegues, siempre apagadas, amanecen cuando el viento les viene y les hace el amor en caravanas invisibles. La gravedad es una caricia que el ojo no siente. También he pensado que lo invisible es un pájaro hermafrodita con miles de nidos detrás del cielo y que las servilletas tienen algo que ver, mucho más que nosotros, almas encarnadas, olas de vidriera, expectantes al fin, con la transformación de los días, con el tiempo y el desierto pequeñito de intemperie que llamamos “seis y cuarenta y nueve de la tarde” que transforman los relojes cuando empieza a anochecer en mi ventana. Pero estoy muy lejos de la cama y las líneas y los cuentos de Moravia deshojados como piscina vacía, sin comienzo, sin fin. Un taxi va desde la bifurcación de Anzio hasta el cuarto de estacionamiento de aquellos dos torpes asesinos en la Roma de los años 60, y las manos de Ginna hasta mis manos en el bolsillo del único pantalón negro que tengo y que usé la mañana del Domingo para ir a tomar un par de cervezas, ¿Dónde?, en uno de los barrios más peligrosos de Turmero, ya ni me acuerdo cómo eran las calles, de nombres están hinchados los sonidos, sin embargo debía reunirme con un tipo llamado Wilfredo Medina, pero no llegaba. Entré en un bar para esperarlo. Pieles alrededor del dinero, una pobreza de condición musical, cucarachas como esferas que revotan en las paredes, fechas de vencimiento, soles. El calor que me acompañó era aburrido como tatuarse líneas rectas en un brazo, yo preferiría los tatuajes de orilla, en el otro costado, en la espalda o en pleno corazón, aquella playa circular al final de mis venas, en medio del calor de Turmero, por donde pasan narcotraficantes, onanistas, mujeres gordas en bicicleta y zancudos. El bar eran dos ventanas, una rocola, cinco sillas y un ventilador forrado de un polvo espeso y grasiento y yo en medio con mi pequeña cámara fotográfica en mi teléfono celular.