jueves, 5 de junio de 2014




Mira,
matan a la mujer de un vigilante en la puerta de su casa.
Mira, amor, mira,
la puerta con los ojos cerrados todavía está caliente
y el asesino orina sangre y sudor y lagrimas.

El trabajo, la indiferencia y los días pasan, inmensos,
catedrales, dromedarios, hernias, glándulas que revientan a cada paso
 y pasaba el tiempo tan de prisa que era mejor decir nadie la ha tocado,
es virgen, es hombre, reptil, es solo agua sobre la cama.

Ya nadie recuerda ese día ni el sonido que hace el placer
sin risas y sin rostros.

Solo las moscas saben dónde está el recuerdo.
Yo solo quiero que un gato sea su cadáver.

Mira,
el asesino es un animal muerto, y nosotros,
jaulas, circo, una masacre, un fotógrafo, una sonrisa,
chistes en morgues y funerales,
la muerte estaba gorda y la camilla chillaba
nada, nada, nada,
la mujer estaba embarazada
y el niño crece impenetrable
en la sala de espera de todos los hospitales.


Ilustración: Robada a María Mercromina.

domingo, 2 de febrero de 2014



Philip Seymour Hoffman

 Charlie Wilson´s war, (2013).


Muere un actor y la creación se siente… Aparece Philip Seymour Hoffman en escena, de perfil, y camina lentamente hacia un espejo que todavía no refleja su rostro de mujer, de travesti, de una sensación o una mirada que mantiene el llanto desesperado de un actor encerrado en el cuerpo de un hombre obeso y pálido; pero se mira, respira o recuerda y mastica lo que tiene que decir, se maquilla el pómulo gordo, flácido y pegado al amaneramiento, al dialogo, y piensa que algún día va a morir, de sida, de una sobredosis o de fuertes golpes en la cabeza, sin rabia, sin complejos, sin premeditaciones. ¿Los personajes también son de carne y hueso?, se pregunta, pero sabe que tiene que volver a sentir que es homosexual, o cura, o mejor amigo, o editor de una revista de rock, o cualquier otro maldito desesperado por la estupidez del progreso y la honradez que aconseja quitarse todas las mascaras.

Vuelve a mirar con la mirada de máscara, racional, real, pura, limpia y lógica mirada de máscara caótica: Sólo ha sido un amante celoso que ahora, también, mira su sangre entre pedacitos de espejo esparcidos en el piso de una habitación oscura de paredes púrpuras y perfumadas por un detergente barato, seco, blanco, que mi madre usaba cuando vivía sola. Y se apagan las cámaras.


Ahora imagina el pasado de uno de sus personajes cayendo de un decimo segundo piso. Es que sus pestañas son demasiado rubias para dejar de imaginar, de pie y con su frente desnuda mientras alguien más le habla, Robert DeNiro o el vigilante nocturno de la Metro Goldwyn Mayer.


Nada de eso está en el guión, Philip; escribo mientras él actúa en mi imaginación, la horizontal, la de voces como palabras.

Ya sé, ya sé lo que vas a decir, que nadie lo sabe ni lo sabrá jamás, que para no distraerte piensas que los personajes tienen un pasado común con el tuyo, y que cuando actúas o creen que actúas, los gestos, la voz y el mismo personaje aparece con la sencillez intima de los espejos, que sólo coinciden con la realidad.


Es como cuando no decimos nada a nadie (“yo sé algo que tú no sabes”, canturrean los niños), pero nos miran, todos los demás extrañamente nos miran, y esperan, quizás confundidos, que seas breve, que quemes todas las máscaras en un saludo por la mañana, “goodmorning…”, y subes a tu apartamento en Nueva York, indiferente y más delgado. Callan. Adivinas.


Muere un actor y la creación se siente herida.


 Flawless, (1999).


miércoles, 22 de enero de 2014

 Vida y destino 
Una novela y la libertad, aquí y ahora



En ruso Sonia es el diminutivo de Sofía; Sonia y Sofía no son dos mujeres diferentes, como en Venezuela, en Méjico, o en la España republicana o franquista. En Rusia, la blanca y la roja, con el mismo tren que llevó a Lenin y a John Reed desde la prehistoria hasta Finlandia, Sonia y Sofía es una sola mujer: el recuerdo de una niña jugando a las escondidas, y al mismo tiempo, una mujer con los ojos pequeñitos de intemperie, buscando en el recuerdo a través del humo del cigarrillo que fuma su primer esposo y que está sentado frente a una mesa de madera de Abedul, el techo bajo, las paredes abiertas por balas perdidas, las sienes borrosas y la mandíbula triste  por el almuerzo de un jueves, diciembre de 1943, en casa y sin noticias del hijo que está a orillas del río Volga, el frente de batalla a la invasión nazi.
En la mano y en silencio, 300 páginas después, otra mujer, Nadia, le dice a su padre: “Los revolucionarios son estúpidos o deshonestos; no se puede sacrificar la vida de toda una generación por una imaginaria felicidad futura…”.

“Maldita sea”, pienso.

Es temprano y llegan los periódicos a casa. Una página más y voy a oler la prensa, me digo a mí mismo al final del capítulo 49.

Todavía describen el asesinato de Mónica Spear, sociólogos, economistas y criminólogos, y hasta el padre de Spear comenta, con ese tipo de humildad cruel que sólo la muerte concede, sobre su hija, muerta como cualquier otro muerto a orillas de la carretera, en una fiesta o a las doce del mediodía, ella, la miss Venezuela 2004, asesinada por el “pobre mestizo” (las comillas son del Sr. presidente).
Entonces recuerdo que el padre de Nadia le pregunta si sus ideas son influencia de la filosofía del hombre con el que ahora está saliendo. Dentro de tres semanas va al frente. Ahí está toda la filosofía: hoy estás vivo, mañana ya no, –fue la respuesta de Nadia.

El Nacional y Tal Cual, nada más, esos son los periódicos que compramos en casa. Allí, las noticias desilusionan y asombran como la respuesta de Nadia: “15 homicidios semanales”, “los militares controlan el 25% de los ministerios”, “empresas del Estado sabotean construcción”. En Venezuela, toda la filosofía es una habladuría que los indiferentes y los cínicos aprenden de memoria para llegar al poder del partido y del Estado (Estado-Partido) y convencer a las masas, al pueblo o al país de la culpa, de la miseria y de la revolución, y transformar al venezolano personalísimo en una burocracia evangélica que recogerá la basura de las calles y bautizará a los niños con nombres raros. (La comuna es el infierno, decía Flaubert). Y lo insoportable es que estos cínicos e indiferentes de la comuna son, al parecer, los únicos que se enfrentan a la ironía, esa contradicción de tener y no tener dinero, paz u comprensión y que nos condena a la risa estúpida en todas las conversaciones.

“En la casa vacía y abandonada se había producido el último adiós con los muertos que se habían ido para siempre.”

Ahora sí, acabo de pasar la última página de Vida y destino, la novela de un periodista de la guerra, ruso, soviético (ucraniano), Vasili Grossman, el escritor que ha convertido a la honestidad en un asunto de guerra, el periodista de 135 kilos, miope y cojo, que logró un puesto, sano y a salvo, entre la censura, aviones y tanques soviéticos. Sano y salvo, digo, como si dijera “inteligente” y “valiente”: Imaginen a un hombre que escribe alternativamente artículos y crónicas entre el silbido y la pausa de un bombardeo que cae sobre las 1700 balas por minuto de la ametralladora MG42, operada por alemanes de 19 a 25 años de edad, que van a morir, alternativamente, por su raza y por algún himno de Wagner que suena en la razón y en la destrucción humana. Aún así, Grossman, que algún día llegará a escribir que el nazismo y el comunismo son la misma “inmundicia”, el mismo “Estado de partido”, “la forma diferente de una misma esencia”, escribe y publica para la Estrella roja, el periódico militar de la Unión Soviética, las descripciones de la II Guerra Mundial, el vacío natural y el retrato de la angustia de jóvenes militares rusos, el testimonio de los tanquistas y francotiradores y hasta uno que otro elogio que siempre serán publicados bajo sospecha en las páginas de La estrella…, pero la astucia de nuestro periodista es proverbial, fulminante y luminosa, y nunca escribirá ideas ni opiniones. La realidad era su única denuncia, su único silencio. Las opiniones y las ideas estaban en la mente de los censores.

Hoy y aquí, lunes o martes, Venezuela o Ucrania, 49 años después de su muerte, estoy en la misma habitación, mi cabeza, un espejo de paredes blancas y sucias, de piernas desnudas, de “15 homicidios semanales” y de 1150 páginas al borde de mi cama: Un hombre está preso, infecto de piojos, y habla con otro hombre, el que lo delatará la semana que viene. Un gulag y dos miembros del partido comunista. El nazi, compañero de la prisión oscura, se ríe de ellos. Los presos comunes, homicidas y violadores, los vigilan: son los guardias.

Esta novela es una historia, son historias más importantes que los recuerdos, donde la narración es un tratado sobre teoría política, sociología, historia, ética, ciencia, filosofía y religión, puestos como glosarios inscritos en los muros imperceptibles de la realidad y en la cabeza de unos personajes que no saben nada, que viven en una “deshonesta esperanza” y en la “discreción frente a las injusticias”. “¡Bondad ciega, insensata, perjudicial!” de niños, mujeres y hombres que hacen largas colas por un pedazo de pan o hacia la cámara de gas, que químicamente, y esto lo saben fascistas, nazistas, comunistas y socialistas, ¡el hombre!, es el mismo alimento para una misma cosa que se descompone sin importar las ideas o los sentimientos, el sabor o la mirada, que desaparecen entre insectos futuros, ignorantes y bajo la tierra que gira y gira mientras caen muros e inocentes. ¿Es la misma bondad? Grossman es un Dostoievski amable.

Un científico que trata de comprender cómo toda una vida es consagrada a la técnica y al valor del futuro como un hecho científico es reducida a chismes en el laboratorio entre espías y amigos. Una madre que espera a su hijo y sólo encuentra el rostro y el testimonio de jóvenes enfermeras. Un funcionario público, soviet chiquito, miente a los periodistas de 1943 sobre la situación en Ucrania (los rusos acabaron con pueblos enteros). Un nazi que admira a Stalin. La carta de Anna Semiónovna a su hijo Vitia. Judíos que cuidan celosamente su puesto en la cola de judíos que va a alguna parte. Un cura que explica por qué el celibato, moralmente, es tan igual a morir por una causa revolucionaria, –“ustedes dan su vida por el hombre, yo no me acuesto con mujeres por Dios” –. El capítulo 50 de la primera parte. Dos francotiradores que desaparecen cuando alguien hace una broma sobre los piojos en la espalda y en el sexo. El silencio de las balas perdidas y el polvo, hasta que al fin, un día, una niña juega con escarabajos, los besaba, les contaba historias, luego los soltaba y después se echaba a llorar, les llamaba por su nombre, les suplicaba que volviera.

Grossman jamás llegó a saber que su novela sería publicada, sólo se quedó con la soledad bien escrita entre discursos políticos y llamadas telefónicas, la reflexión sobre santos y teorías sociales que también cantan y describen el movimiento browniano alrededor del humo caliente de la cebolla para el escorbuto; solo, con el ánimo de diálogos y escenas en refugios y campos de concentración para judíos, gitanos, musulmanes estudiantes de arte en Berlín, presos políticos húngaros, hindúes de tren, calmucos, homosexuales y hombres con la nariz muy grande.
Solo, con la vida y la muerte, con “el amor ciego y mudo que es el sentido del hombre”.

En 1962 la KGB entró en el apartamento de Grossman y robó el manuscrito de Vida y destino. Allí estaba escrito: “ni el destino ni la historia ni la ira del Estado ni la gloria o la infamia de la batalla tienen poder para transformar a los que llevan por nombre seres humanos… y lo mismo para aquellos que ya han muerto”.
Yo, vuelvo a leer los periódicos de mi país y la noticia de la muerte de alguien más, injustamente, sin comprender, me da fuerza, vida y destino para ser libre, dolorosamente libre, pienso, y me siento ridículo con estas palabras, solo, indiferente, pero con ganas de escribir, reír, beber cerveza, conversar, fumar y caminar entre homicidas y corruptos. Estoy vivo.


Vasili Grossman

domingo, 27 de octubre de 2013




 El Papel Literario, sin fuego y sin papel



Hoy pierde sentido tomarse un café a las seis de la mañana mientras la misma mujer de todos los domingos a esa hora te recuerda que “a veces El Papel Literario no viene”. Pero cuando viene, el desayuno, esa mañana, es diferente, incluso la noche anterior cambia de cuerpo. Hoy ya no puedo existir de esa manera.

Por ejemplo, hoy ya no puedo amanecer con Ana Nuño en mis manos.

Por El Papel Literario leí (conocí, volví a leer, olvidé, estudié, citaba, citaba y citaba) a Juan Liscano, Alejandro Rossi, Kapuscinski, Tomas Eloy Martínez, Hanna Arenth, Ednodio Quintero, Dereck Wallcot, Victoria de Stefano, Gesualdo Bufalino, Rafael Cadenas, Pocaterra, Castro Leiva, Walter Benjamin, Víctor Bravo, Arístides Rojas, Danilo Kis, Eugenio Montejo. Una vez leí sobre Carlos Monsiváis y compré uno de sus libros esa misma tarde un sábado de 199...

Por El Papel Literario leí “Vida y destino”, de Vasili Grossman. Y ahora, ahora que tengo todos estos libros, ya no tengo un país del que hablar, ya no puedo criticar mi orgullo, o reír con ternura, por tener todos aquellos recuerdos en Pampanito o en Maracay cuando le hablaba a mis amigos estudiantes de literatura de la chaqueta de cuero que lleva Julio Garmendia en esa fotografía donde aparece como un Chaplin a los 19 años, y que ese mismo muchacho había hecho lo que hizo Jorge Luis Borges pero en 1929. Cosas que uno sabía por El Papel Literario.

Ahora, sólo me queda la memoria del asombro cotidiano cuando me entero que han asesinado a un muchacho de mi edad por mirar a una mujer, o que un alcalde de provincia Venezuela siglo XXI compra un hotel 4 estrellas en ciudad de Panamá. Sólo me queda este cretinismo de no saber porque Laureano Márquez me hace reír. 

Recuerdo como si fuera ayer cuando Miguel Otero Silva, acompañado de la espalda de de… (¿Andrés Eloy Blanco? La memoria venezolana ya no me suena), entraba en el cuartel San Carlos, a visitar a Domingo Alberto Rangel, preso de la dictadura.

Sí recuerdo muy bien lo que dijeron al despedirse. Domingo Alberto le dijo a Miguel Otero:

Miguel, pon ese periódico al servicio del pueblo . 
Domingo, El Nacional es una empresa privada.

¡Lo que uno leía en El Papel Literario!

Y es que cuando uno veía la foto en su portada, Dostoievski parecía un joven escritor que promete.

Esta mañana, de repente, me dicen que El Papel Literario, el suplemento cultural de Venezuela, suspende su impresión porque no hay dólares, no hay papel, no hay tinta, no hay voluntad, no hay vida, ni años, ni recuerdos, ni orgullo, ni silencio, ni imaginación, ni practica, ni café, ni harina, ni cine, ni pan. No hay novela ni cuento ni poema ni libro de ensayos que pueda derrocar a este gobierno que ha logrado imponer la única sensibilidad con la que miramos y contamos esta historia llamada indiferencia y escasez. Después de repetirlo tanta veces, cinco o seis cubano-venezolanos, lo han logrado: Somos apátridas, ya los recuerdos con los que uno lee a Mariano Picón Salas, Mario Briceño Iragorry o Juan Vicente González, no valen ni el papel de donde vinieron.

Si El Papel Literario desaparece de mis manos, me pregunto, ¿Ricardo Piglia tenía razón? Es decir, ¿somos un país marxista leninista robinsoneano zamorano bolivariano cubano chavista cristiano sin papel, donde un escritor argentino (que no he leído), tiene la razón? Es decir, sí, es cierto, es verdad lo que dicen, lo que podría decir cualquiera de nosotros, los recuerdos son burgueses, conchas de mar, amaneramientos, homenajes a un mundo que no existe, que nunca existió; que sí, que decir cualquier cosa con ironía, interés personal y resentimiento es lo que realmente tiene valor en un país que en setenta años mantuvo una publicación donde las mentes del siglo XX y de fuego creador latinoamericano imprimieron  sus primeras trazos a carboncillo en la solemnidad de la tipografía sobre el papel. Pero no más. 

Puedo escuchar la voz del big brother: “Ustedes burgueses, no necesitan el favor de los dineros del Estado para mantener sus vicios y sus nostalgias. Esas ideas que nada tienen que ver con el pueblo, por europeas y norteamericanas, no tienen ya vida ni destino en el futuro de la patria. Somos lo que somos, sin sus recuerdos ”.

Y callamos, aceptamos, fingimos, (¿se escuchan risas?). Y así empezamos a creer y a ver lo que han repetido durante 14 años en horas de televisión: Somos derrochadores de petróleo, de papel, de café y de pan.

¿Lo somos? 

Ahora sólo nos queda escribir y leer con esa misma ironía.

Yo, que vivo en Maracay y tengo familia en Pampanito, recuerdo cuando tenía doce años, y no tenia celular, y las computadoras me aburrían tanto como una máquina de escribir, pero leía El Papel Literario, y todavía no podía ni siquiera imaginar que yo sería ese recuerdo, pero triste por el silencio, por una dictadura, por los libros, por la memoria, por el dinero, por las palabras, por la comida, por la historia, por este siglo, sin fuego y sin papel.