lunes, 3 de septiembre de 2007

Carta de un amante


Alejandra:

Han sido estos tres meses de lluvia y de lentísimos pasos tiempo justo para amar; las avenidas oscuras, los largos días esperándote en la ventana de mi pequeña y desordenada habitación, el café a las dos de la tarde contando historias de nuestros pasados amantes, la comida fría, el dinero para el taxi a las cuatro de la madrugada, el olor de tu cuerpo en mis manos, las desesperadas llamadas telefónicas de tu madre, el viento acercándose a mi sudor, los celos al final del día, el humo de mi cigarrillo cubriendo tu rostro, la ausencia, mi voz, tu silencio, ¿Recuerdas todo esto?. Te amé en todo lo que vivimos, lo que sentí descubrió en mí el hombre que ahora amanece todos los días, el que lava su rostro y sigue siendo el mismo, el que fuma en la bañera y sonríe recordando la noche de ayer; tus palabras mal pronunciadas, tus groserías de barrio, tu inocencia de niña en celo, tú, desnuda abriendo tus axilas y riéndote del mal olor. Pero ¿Qué es el amor?, no hay más preguntas, el amor eres tú, y quién era yo, tampoco importa, yo era feliz. Te amé hasta en el daño y ahora el tiempo reclama tanta desilusión, tanta búsqueda en los espejos, tanta sensualidad mal gastada en las horas en que empiezan a caer los sueños y los desiertos murmuran, he perdido muchas horas en el espacio calido de tu recuerdo, infinitamente solo pero distraído con tus manos jugando en mi imaginación, haciéndote reír en secreto, sintiendo sin fin y sin finalidad, pero mi memoria tiene la piel de tu cuerpo y he abandonado las horas del Sol por estar en las habitaciones de hoteles, ¡Quien piensa más de cinco minutos en una mujer es una marica!.Vuelvo la vista hacia los periódicos, hacia la novela que no he terminado de leer: al pobre hombre aquel lo he dejado en un barco de pésima construcción inglesa en medio de la tempestad del mar, el pobre y mediocre capitán noruego en medio de la página 83 de un cuento de Jack London; el mar no ha tenido fin todavía, el mar no ha tenido conciencia (olvidé el libro en la mesita de la sala), la desesperación se agranda en el tiempo de la espera, todavía no hay puerto seguro ni apacible tierra a la vista; así es contigo, es interminable, eterno, insoportablemente eterno, una eternidad que no es hermosa como todas las eternidades, leve e inmenso, es la inmovilidad del péndulo que solo quiere marcar el tiempo de la presencia. El tiempo del Mar, el tiempo que es tuyo, inmortal, enlutado ¿Por qué nunca hicimos aquel viaje a la playa?. Te dije – Vamos a la playa, en el mar nuestros cuerpos renunciaran a los adioses – será nuestro tiempo para abrazar.
– No –; dijiste que ya estabas cansada de mi vanidad poética, que no querías asistir a esas nostálgicas y ociosas imágenes en mi tristeza de niño aburrido. Sentí rabia, pero callé. Un millón de rosas hirieron mi cuerpo y ese niño triste del que me hablabas nació sin llanto y todo lo convirtió en desesperación por amarte.
Cuando jugaba contigo, y cuando digo “jugar” quiero decir “amar”, el azar parecía un método para vivir; lanzaba los dados y te besaba otra vez, tantas veces como la probabilidad entre el 6 y el 8 aumentaba el riesgo de perder o de tenerte en mi cama otra vez y amanecer al otro día en la lavandería con mis manos y sabanas sucias.
“Loca por la cual estoy loco, te odio lo mismo que te amo”, ¿Lo recuerdas?, era aquel verso de Baudelaire que escribí con lapicera negra en tu espalda, el trazo tembloroso de mi mano atravesaba la fina piel barroca de tu espalda; es que lo veía venir, era azar; te odio o te amo, es la misma probabilidad de perder con un 6 u 8. No sé jugar a los dados.
No hay átomo de mi cuerpo que ahora no te pertenezca, si decíamos “amor” decíamos “cuerpo”. Ahora debo preguntarme dónde estas, ese es mi único lenguaje; ahora debo escribirte esta carta mientras espero que llames o que vengas a mi apartamento; recogí la ropa tirada en el baño, tendí con cuidado mi cama, limpie el cenicero, compré comida y llené la despensa de chucherias y de toda esa basura industrial comestible que tanto te gusta. Pero no llegas, estoy solo, has inventado mi soledad pero todavía me dejas sentir que hay un tiempo mejor más allá de los minutos lentos de mi cigarrillo. Por eso te escribo, serán demasiadas palabras, pero te escribo porque no puedo tocarte.
El silencio, la noche, los secretos, la pasión; no hay motivo.
Te odio lo mismo que te amo, pero el azar me ha traicionado y te hace pensar como la lluvia que habrá un tiempo mejor para nosotros. Las oportunidades no tienen derecho de existir pero tampoco quiero una oportunidad, no pienso conformarme con tus palabras, ni con tu lenguaje hecho en las iglesias. No se trata de oportunidades para vivir, no quiero solamente congruencias, esto es un problema sobre la belleza, sobre la verdad y sobre eso que llaman en silencio “vivir”.
Somos hermosos y sin definiciones, pero tu corazón es definitorio tanto como tu silencio que te traiciona, y mis manos rotundas especies de carnívoro fieles a si mismas.
Iré a buscar la fiel humanidad que me espera en el Bar de la esquina, espero todavía tengas tus llaves.
¡Regresa!, aguarda aquí sobre la mesa, come un poco, no tardaré.
Por ti perdí aquella soledad que tanto amaba y deseaban mis días.


Santiago

No hay comentarios: