domingo, 9 de septiembre de 2007

La belleza es azar


a Dhubraska Koskauskas,
Quien me dijo:
¿Por qué no escribes sobre esto?.

El tiempo siempre ha anticipado mis manos y mis manos tocan lo inevitable, el error, la verdad, la intuición; siempre me he resistido a las amenazas del destino y a la brutalidad del tiempo, yo solo soy una conciencia que gime mientras el mundo de las cosas asibles pasa girando en si mismo y para si mismo en la perpetua inmovilidad creada por Dios; pero aún así continuo vivo de la misma forma que un inmortal, soy terriblemente el mismo en este sueño ambulante.
Confieso que todo esto ha de ser porque de niño no tenia un concepto claro del tiempo; mientras dormía no podía ver y si estaba despierto contaba mis dedos haciéndose más corto el día en mis manos, eso era para mí los segundos. A veces estaba despierto y no lo sabía y no me importaba.
Luego me obligaron a los horarios, me golpeaban con el tiempo de Dios, me regalaron a las horas; yo era bueno, los relojes me hicieron amable pero infeliz.
En mi primera adolescencia, cuando mi cuerpo formaba la medida de todas las cosas, mis manos se alargaron pero no lo suficiente y eran como peces enfermos quietos en la superficie, una rara especie de cetáceo en el Golfo Pérsico que sólo nace para reproducirse, así era: mis manos habían nacido solo para morir, no alcanzaban el bien ni el mal, flotaban, eran leves, quietas, repulsivas, casi muertas, habían perdido el alma oceánica de los hombres útiles y ventajosos. En aquella época, abandonado a los prejuicios de las Iglesias, de las revistas norteamericanas y de la insoportable estupidez intranquila de la televisión nocturna que no me dejaba dormir, asistía a las clases del diversificado siendo la sombra de una película de Woody Allen; cualquier mañana despertaba siendo un escritor fracasado, agobiado y adolorido en las mismas penas que sus personajes de mediocres novelas amorosas o un detective policial andando por las calles de la eterna y lluviosa Manhattan.
Debía llegar temprano y asistir a una inútil clase de Historia, de Química, de Física, de Matemática o como Nietzsche le llama en su diario “ese vagabundear sin método”. Yo era un sonámbulo, un dormido mutilado por la luz, un soñador muerto en la verdad, un hablante sin propósitos, un insomne huérfano cuyos padres están vivos; jamás entendí eso que persistentemente quería decir la palabra “temprano”. Temprano a qué ¿A la muerte?, ¿Es acaso la expresión última de la vida? – ¡Llega temprano! –. Una hora después: – Disculpe ¿Puedo pasar? –. El tiempo funciona así, haciendo creer que se acaba, pero es mentira, no hay fin, solo regresos y la belleza de una liberación a medias.
Ella venia a mi lado, también con el tiempo acuestas y reconocible en su rostro y en su muñeca, veníamos tarde, a ella le herían las horas, tal vez era porque pensaba que iba a morir aún más, iba a defraudar a la vida al no llegar “temprano”; no importa a que hora llegaremos, mañana será la misma hora – le dije –. Detuvo su marcha, volvió sobre sus pasos, levantó su pequeño rostro y sonrió. Luego pasó más tiempo, semanas y meses en que compartíamos las horas muertas en los pasillos y en las esquinas de los silencios mutuos, y más palabras y recuerdos. Mientras ella me hablaba de un tren que pasaba por Berlín hasta llegar a Dresde yo todavía permanecía inmóvil ante la cámara de Woody y continuaba la escena en que un hombre era perseguido por la policía y desesperadamente se oculta en un teatro abandonado lleno de espejos rotos. A eso llamábamos amistad: ella en Berlín, yo en Nueva York.
Ella, la niña frágil y hermosa, una tarde lluviosa, esas en las que ni es de día ni es de noche, repentinamente dejó de hablar de Berlín y sus plazas, dejo de hablar y se fue. Terminaron los años de escuela y los largos pasillos se confundieron con las calles de la ciudad y otras calles sin destino, pasos deshabitados el uno en la distancia del otro y sin comienzos pero con la realidad de que tampoco ha habido fin. Hablaba sobre postales, sobre castillos góticos, los rieles del tren, la nieve, la desesperanza del nazismo; me enternecían las inocentes historias de sus viajes, el frío, la comida, la gente, las ropas que pesaban en cuerpo; en su frágil voz el dolor que hablaba de los judíos era el dolor de la ternura y de la niñez, su cuerpo frágil, sus manos también frágiles entorpecían la memoria de su hermoso rostro; por varios años la nostalgia fingió ser la belleza de las cosas humanas, de los recuerdos, de lo que es puro pero la ingenuidad de aquella niña, de la niña frágil y hermosa de mi primera adolescencia, ella en sus actos infantiles, toda su delicadeza e inocencia de día cubrieron cualquier certidumbre, toda idea parecía ridícula ante su ingenuidad y naturaleza por reír.
Pasó el tiempo, el tiempo solo pasa, se acostumbra a pasar y nada más, veíamos como el tiempo caía de la mesa, como llegaba del Sol a la Luna, como crecía en los ventiladores y en las manos de nuestros cuerpos. Pasó el tiempo y la amistad tuvo otros nombres, otros nombres y otros nombres sin vida, el tiempo creció y nosotros también.
Hace unas semanas un amigo, mi mejor amigo, aquel ante el cual puedes arrepentirte de ti mismo pero nunca de él, me dijo que había encontrado el número telefónico de “ella”, que tomo un autobús en Las Delicias y que allí estaba sentada como en un asiento del tren desde Berlín a Dresde. Yo estaba leyendo una novela de Gallegos cuando atendí la llamada telefónica de mi amigo, el árabe, con la noticia de que ella volvía al tiempo vacío de mis días; le pregunte cómo y el sólo con su voz en tímido acento libanés me dijo: – Tomaremos un café con “ella” mañana –. Regresaba por aquellos pasillos cubiertos de ternura, su voz se extendía desde aquellos hermosos días lluviosos hasta el Sol que ahora abre toda mi frente, sus manos largas y frágiles tocarían nuevamente la piel de todos mis sentimientos y traerían el tiempo perdido que jamás busqué.
Esa tarde tomamos un café, había mucho Sol y el calor mostraba toda la suciedad de nuestras ropas, aunque sabíamos que iba a llover nunca llovió. Conversamos, ella conservaba su hermoso rostro como si las acuarelas permanecieran fieles a las pinturas de Aloys Zölt, sus gestos eran los mismos aunque ahora escondidos con cierto recelo que no logro comprender, su risa inmutable, y su mirada siempre viendo la inmensidad de lo que es feliz en lo que es feliz. Ella hablaba de política y de belleza, es estudiante de periodismo y es modelo, sus ideas me encantaban aunque ahora me encontraba frente a una liberal en ciernes. Saqué un cigarrillo, lo prendí, ella me miró confusa y hasta con cierto desprecio, dijo que le gustaba el vino tinto, fumé uno y dos cigarrillos, dejó de mirarme. Se dedico a reír toda la tarde y yo la observarla, quería preguntarle por aquel tiempo muerto que ambos compartimos pero me avergoncé de recordar tan fácilmente mi niñez o como lo llama Pablo Neruda en sus memorias “mi primera adolescencia”. Ella me hablaba ahora desde las alturas de una mujer innegable, incesante y hasta convincente, yo ahora fumaba y recordaba con nostalgia los años pasados que ahora tienen esa triste sustancia de la nada. Era ya tarde, debía irse y yo también aunque si lo hubiese pedido me quedaba toda la vida en ese triste café de panadería fumando y viendo como sus collares retrataban la realidad de la que no quería desaparecer. Nos despedimos, besó mi mejilla con cierto asco al olor de la nicotina, continuaba en cada segundo, se iría otra vez, no regresaría ¿A dónde iba su presencia?.
La torpe humildad cristiana de Charbel (mi amigo libanés), el camino de Las Delicias al centro, el calor adentrándose lentamente en el latón oxidado de cada autobús, el café, su mirada, el tiempo escondido pero acercándose a cada uno de nosotros y repitiendo las palabras que nos pertenecían, todo esto debía volver algún día, lo sé y lo sabía, y en el momento en que todo aconteció, en que se hizo la presencia del tiempo y de la ternura, simplemente fue la más hermosa casualidad de mi vida, ni siquiera aquel día en que vi una parte del cielo amándose corpóreamente con la otra mitad se asemeja a la llegada de “ella”, aquí, hoy, encontrándose otra vez en la más hermosa casualidad del mundo, en la más hermosa casualidad de un hombre, ese hombre que padezco y soy yo.
Ella dijo que pronto nos veríamos.
Una semana después le llame a su móvil, la invite a tomar vino; esa mañana muy temprano antes de coger el teléfono compré un vino tinto francés, cosechado en Herault, pero ella no pudo llegar esa noche, habló del trafico, se quejó del clima, se arrepintió de sus ocupaciones, no podíamos vernos esa noche. Ahora una solitaria botella de vino se enfría, pero no es la nieve que cae sobre los techos rotos de Berlín, no es la lluvia gris de aquellos días, es la escarcha de mi vieja y barata nevera en donde espera ese vino, espero beberlo como se bebe cada segundo de cada instante que ha llegado hasta el día de hoy, aquello que siempre fue posible. In vino veritas.

3 comentarios:

Coco dijo...

Esa frase dice Galeano que se la oyó citarla a Onetti y éste se la atribuyo a los chinos. Galeano sugiere no creerle a Onetti: " Onetti era muy mentiroso"

Dhubraska dijo...

En este tiempo que vuelvo a leer estas escrituras, me enorgullece de tenerte eternamente como un ser observador de las cosas simples de la vida, de las cosas que no vemos y que se olvidan! Nostálgicas letras amigo mío! ERES GRANDE!! A pesar de tus ideales..Éxitos!!

Geraudi dijo...

La nostalgia es siempre un buen motivo para crear... pero ver mas alla, lo que otros ni siquiera se atreven, es el mejor ingrediente para escribir desde el ser... Hermoso y sentido su texto, poeta. :)