miércoles, 27 de febrero de 2008

ACTUALMENTE
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Manos sucias


Jamás un hombre sintió que sus manos se hacían huéspedes de su cuerpo. Quizás mis manos no me pertenecen, quizás sean parte de una farsa, del tiempo sin preguntas, enemigas de lo que soy, culpables e indecentes, sólo me soportan como su detestable patrón
Pero la piel que las cubre les obliga aceptar su destino que también es el mío, sienten porque son mías pero sangran porque son ellas.
Ayer sentí un dolor, una artritis de pájaro severo, los huesos sonaban, temblaban pero no reconocían tal desesperación, callaban con soberbia. Traté de dormir, traté de olvidarlas. Nada pasaba, las veía al frente, estaban sucias.
En la mañana mis huellas se habían ido, cayeron en el silencio de un agua turbia. La espera las convirtió en infieles, al mediodía ya me odiaban. Cuantas bofetadas recibidas al escuchar mi voz, preferí el silencio como si todos se hubieran ido.
Rechazaban tocar dinero (ah, cuantos billetes destruidos), preferí seguir mi camino pero me avergonzaba el color pálido que mostraban, las oculté en el bolsillo de mi pantalón, empezaron a oler mal y me arrepentí. Después, la deformación en los dedos se fue dando. No pude jugar tenis, no pude tocar a mi mujer. El Sol me dice que las mutile.
Lloré, traté de besarlas, pero rechazaron también mi boca.
Amaneció otra vez, mi mujer llora. Todos me rodean y también esa luz fuerte, ¿Quién puede prenderme un cigarrillo? – dije –.
Guitarrean lejos de mis contradicciones.

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También se muere el Mar

In memoriam a Reynaldo Bracho


Estaba sentado, solo, con un libro en las manos. Eran las cinco de la tarde, en sus manos estaba puesta Doña Bárbara. Nos saludamos sin ningún ánimo, yo buscaba algo de Balzac; las mesas estaban puestas como islas inundadas, las lámparas arriba como en un laboratorio farmacéutico. Me acerqué, tomé la silla de su lado y le dije “Alguien a robado La piel de Sapa” y por fin pude ver su rostro pálido y cansado, tenía el tamaño de la ingenuidad de los mejores hombres aunque su nariz hacía recordar aquello de Quevedo, me miró de soslayo, una pausa hermosa entre sus manos y la voz que después me dijo – a cada rato se roban los libros –. Al fondo se escuchaban las voces de las bibliotecarias más ignorantes del mundo. Vestía como yo, jeans y franela barata, aunque en la imagen de alguien inocente y hermoso, porque Bracho era así, era como cualquiera de nosotros pero con la serenidad de los girasoles de VanGogh.
Vincent VanGogh que amó y odio a Gaugin, jamás vi odio en Reynaldo, carecía de voz para pensar sin imaginación, huía de todos los cielos sino tenía un pararrayos en su tímida cabeza. Pasará el tiempo, la luz lo extrañara.
Leía a Tales de Mileto, – una vez me dijo –, los griegos me han enseñado a no creer en el suicidio –. Lo repito con la misma honestidad de sus manos, esas mismas manos tocaron el blanco del lienzo y lo convirtió en espejo de sus días así como su alma era espejo de la humildad. Pero ahora pequeños peces adoraron su cuerpo, la sal escarchó su pecho, la luna hinchó sus ojos, el bote púrpura hirió sus manos, su cara dormía como una conquista tierna en su regreso golpeado por las olas. Los recuerdos deberían arder hasta llegar a sus colores favoritos.
Ahora nos queda esta ciudad culpable, esta maldita ciudad ausente de si misma, todas estas calles que le amaron y ahora olvidan su corazón, todos estos bares sin lugar para su risa. Sólo nos queda esta maldita playa negra, esta Siberia del calor llamada Choroní, patíbulo sin flores. Muere quien ha muerto, muere la felicidad en cualquier rincón. ¡Que callen sus contradicciones! Bracho no era un porqué. Ríe el silencio. ¡Adiós eternidad!. Algún dios debe estar arrepentido.
Todo es belleza, y si no es así, debería serlo. Su olor a vaca mugirá por un mejor mundo, pero con Dalí. Amaba a García Lorca, por eso amigo Bracho (y perdona mi odio): También se muere el mar.

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La verdad que vi nacer


Hoy puede ser cualquier día, como aquél en que el gran espejo de la sala calló y mi madre y todos mis hermanos me culparon. La vida se acostumbra a los errores, a las culpas, a las críticas y sobre todo a la muerte.
Una sola idea, un solo pensamiento y el día se detiene en las palabras, en el tacto de las palabras, en las insinuaciones de la libertad de un hombre joven y escaso de acciones. La voluntad ha muerto en el más pudoroso lugar del mundo. Debería pensar menos.
La ausencia se hizo mi Dios y el silencio mi profesión y mi estilo. Todo ha muerto en la guerra del tiempo mientras quedamos algunos pocos sobre la caída de los instantes que han venido rotos, el sueño es un escándalo. Nuestras manos poseen la lejanía de todos los cuerpos hermosos, la piel de la soledad.
¡Que aburrimiento! la vida gotea, todos reunidos en la voluntad de conocernos o de amarnos, se inundan los seres.
La verdad es una mujer desnuda y sin brazos tirada sobre la cama.
El tiempo está cansado de nosotros, de lo que hablamos, de lo que callamos, de las miradas encontradas y vueltas a conseguir en la esquina de las más largas avenidas del centro de la Ciudad, de nuestras acciones, de nuestras ridículas risas, de la sensualidad y sobre todas las cosas: de la vejez.
Debería huir, encontrar un culpable y ahorcar con él todo lo que queda por vivir.
Vivir y morir, ya se había hecho antes.

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