domingo, 21 de septiembre de 2008

Diario de un escritor aprendiz en Choroní
(Cinco escenas de un necesario viaje)

I


He llegado temprano, no se sabe a qué hora despertó el pasajero salvaje de la distancia, más temprano pero a la misma hora en que los días recogen su blanca sábana, bajé del bus oxidado que me trajo a este pueblo desgarrado y puro, un pueblo africano que parece traído desde la imaginación de un mejicano, el Caribe le acaricia la cabeza y el Sol le golpea con el odio universal de un amanecer cautivo por las cabezas de los hombres. Todavía quedaban pedazos de noche en las esquinas y al borde de las aceras, seguí caminando hasta que me detuve a ver un grupo de pescadores que compartían sus cigarros, dos gatos jugaban con un pescado, una penumbra, un pájaro neblinoso, ó un cangrejo cansado de vivir; saqué mi cámara del bolso para entregarles la eternidad pero los dos animales intuyeron la amenaza de mis falsos principios, el obturador, el espacio en formas, mi mano, arena entre mis torpes dedos: La luz sólo alcanzó dos manchas pardas huyendo a la derecha ó a la izquierda, no lo sé. Un anciano, inclinado sobre su silla, escupía a los gatos entre risas dementes e insultos, para luego tirarles pedazos de pan mohoso, los acariciaba y los maldecía a la vez. Sus arrugas parecían viejas cicatrices de legendarias historias del Mar, de heridas carcelarias por un crimen de adolescencia ó ataques repentinos de los demás pacientes en el hospital psiquiátrico, sus arrugas-cicatrices eran brillantes, casi de humo, casi de oro, su rostro era una ficción cruda y llana que embargaban los tristes ojos por los cuales de repente (y en un incomprensible gesto del destino) me vieron.


II


Sabía que un escultor invisible y sonámbulo tallaba una estatua de sal en mi boca, aliento a yodo y cayenas confundía en mi lengua el movimiento tierno por su búsqueda de nada, caliente y vegetal. Mi lengua viva como una vaca.
Recorrí calles sin saber, el instinto me llevaría a cualquier lugar de un azar selectivo.
Estas sombras todavía no pertenecen al instante mismo en que me encuentro; demasiada fijas, dispuestas, enormes y de cierto perfil subordinado a soles y pedernales.
Antes de venir recuerdo que le dije a alguien: - Iré a Choroní a buscar palabras -. Hasta ahora el hecho de la palabra no existe, hasta ahora sólo soy un hombre perdido por calles y más calles, veredas sin motivo, caminos que muestran cierto rencor, muros que parecen vacíos, plazas confundidas, pasos destinados al aire.
Desde una tienda de lacas y bañadores donde también venden café se escucha una voz que pregunta por su cuerpo, enciendo un cigarrillo, paso por debajo de unos muñecos inflables de miles de colores, pido un café que pago con las monedas exactas, retiro mi mano del mostrador, veo que las monedas siguen sobre el cristal, volteo sin pensar y veo un cuerpo desnudo frente a un espejo, una delgada línea azul pasaba por su espalda haciéndole un surco distraído de hombro a hombro en suave arco interrumpido, en su piel blanca se crucifica una sombra.
Había hallado la primera palabra desde los caminos y los soles: Mujer.


III


¡Qué hermoso lugar! Lo compruebo al ver a dos niñas jugar alrededor de una famélica estatua de un Bolívar a pie. El tendido eléctrico es escaso tanto como el viento, el cielo empieza a formarse en su conocido cuerpo de mujer indecisa. Las personas parecen desconocer el paisaje, negros trabajadores pasan a un lado de las cosas más hermosas como si nada les importase, sus cuerpos enormes y brillantes agradecidos por la identidad que el espacio les atribuye, sólo el espacio. El Sol les enternece y los aprisiona como una música al silencio.
Las dos niñas seguían jugando un extraño juego de manos y abrazos, entre sus cánticos y la iluminación de sus palmadas yo veía una nueva arquitectura de líneas, colores y sonidos, una basílica de cuerdas de guitarra que encierra a un pájaro obediente de cristales amarillos; por cada silencio ellas cantan una canción al Mar y con siseos y chasquidos de sus dedos tratan de imitar el murmuro de las olas. A lo lejos la voluntad de las voces secretas que se escuchan en mis sueños va y viene.
Kavafis decía que cuando se escucha lo que no se puede ver son los sonidos de nuestra primera poesía (¿Vienen por mí?).


IV


Extiendo un paño prendido de humedad sobre la arena, un paño azul. Yo, el paisaje.
El universo le teme a lo que veo. Siento como si presenciara los primeros pasos del Mar. Trato de referir el momento, ni siquiera un susurro, belleza sin adjetivos. Impenetrable. ¡Experiencia pura!. Sólo podría describir mis sensaciones, no lo haré, esperaré Octubre en mí otoño ideal.


V


No dejo de pensar en el hombre que he dejado al principio de este viaje, todavía sigo siendo Él, todavía permanezco en esa pieza de habitación amueblada que me espera.
Estoy aquí pero alguien más se queda, todavía es, diferentemente en los días y las noches donde los recuerdos ya pasaron.
No dejo de preguntarme qué está haciendo aquel que era y que vivo mientras ya pasa y fue en mi nuevamente.



Continuará…

5 comentarios:

Someone exactly like you. dijo...

Esto me recordó increíblemente a mi viaje a Tunez,lo de volver a lo mismo despues de ver tu vida tan cambiada por unos días se te hace extraño.

Se te queda el recuerdo como un sueño,como algo que tu no has vivido,cuando vuelves a tu sofa,a tu despertador,a tu cama de siempre.

|Andina| dijo...

esto me fascinó.

me quedé en el I, me atrapaste en II y algo me hiciste con el III

u minúscula dijo...

tú, fotógrafo

u minúscula dijo...

Sí, soy una u minúscula, y sí, me sobrevivo, al menos lo intento. Supongo que es mejor vomitar poemas de mierda como los míos, mis queridos escupitajos, que salir de casa con un rifle y disparar a quién me parezca más feo. Eso creo. También puedes pasar a la alcoba de mis más preciadas mierdas, pensé que ya había transmitido esto. Siento si te he parecido un tanto seca, no es más que mi falta de tiempo. No tengo tiempo para pensar demasiado en mí misma, esto es una fortuna, y además no me pasa nada grave, si me regodeo en mis revoluciones hormonales, en mis tristezas ocasionales, es porque creo que tengo derecho a la pataleta, y al menos me encargo de echarle la culpa de todo a mi herida cíclica, y no a ninguna otra persona, si acaso a mí misma. Si, nu es una cuestión libidinosa. Y tú muy listo.

Maily dijo...

umm =)
era lo de la sombra que se crucifica en la piel, era eso lo que debí destacar hace días. eso, sólo eso, me llenó los ojos hasta hacerlos arder.
ahora es mío
puedo recordarlo
...gracias por prestarme imagenes:)