jueves, 23 de septiembre de 2010


Escribir no tiene nada que ver con la literatura; Homero hubiese sido un gran director de cine japonés o también pudo haber sido Marmeladov esa tarde al salir de la habitación de...
Stendhal es uno de los mejores actores que he visto en mi vida, una actuación que pregunta, cámara lenta que cae con el peso de un caballo sobre mi ventana y allí estoy yo con mis ojos abiertos. Saint John Perse no calla (¿O se detiene la mirada?) mientras los espectadores escuchan el canto del no saber mirar y todo es Dios descolorido, ¿Dónde están las respuestas? Quizás por eso Joyce es tan nube desvanecida desde la espuma realidad de la palabra, nadie sabe qué hacer con la música ciega como con tanta escena en el isufrible de Proust (Proust quiso ser Goya con el movimiento del polvo). Joyce conoció a Proust en un restaurant en Niza, y le dijo: "¡Qué bueno los camorones!, ¿no?". Ya Tolstoi había muerto y convertido el aburrimiento en un Dios de mirada fácil. Se salva Cervantes que comenzó quemando libros. Dostoievski pudo haber sido Jesús en 33 segundos como el Quijote en el cine ruso; bueno, quizás 2 horas, pero sin la cruz y con el viento de la ceniza en un barco llamado "Dracma". También huyen los siglos asiáticos.

Escribir cada palabra como esas lunas mueven el espacio de mis ojos y el vacío ciego desnudo de mi mundo que no llegará jamás porque sencillamente hay palabras que son inimaginables, mucho más que nosotros mismos, accidentes absolutos de los días, alma gorda, silencio mujer, infinito límite.

¿Qué diferencia hay entre la vida, una imagen y todo el lenguaje?

Anoche soñé.
Ayer me neblinó la locura que me separa del silencio.
¿Si decidimos vivir, el lenguaje perdonará, vendrá, volverá, pasará?

Yo puedo verte, lector; eres tú mi alquimia como agua derramada sobre esta mesa.
Se esparce lentamente hasta caer en la gravedad de la semana pasada.
Un oído espejo es el sexo de los fantasmas, sonido placer de mi cuerpo blanco por todas partes. La paciencia del tiempo es carne muerta.


Pero insistimos en llamarnos Rubén, John, Irina, Miguel o Piedra Reverdecida y perdemos el tiempo con esas vocales imaginarias, los segundos. Duda retórica: ¿La muerte?

Amanecerá y haremos ficción; dialéctica y musical con la luz en el blanco de los ojos.

¿Ves la vida? – pregunté –.
Llueve.
Estas líneas acabarán por decir nada y lo peor de todo es que con ello me conformaría toda la vida: es la limitada certeza de sentirse vivo.


Fotografía: Escena de la película "Lights in the dusk", del director finlandés Aki Kaurismäki.

1 comentario:

cleopatra dijo...

Tenemos que llegar a Ser...esa es la gran angustia. Existimos, respiramos, olemos, amamos, yacemos y hasta nos emborrachan las letras prestadas.

Pero necesitamos que antes de que llegue nuestro óbito, hayamos podido ser más que un simple cuerpo humano.

Queremos la memoria de los otros con nosotros.

Excelente, maravilloso...como siempre.

Te beso