viernes 12 de noviembre de 2010

Hace tiempo como el vocablo crudo



Pobres, iguales e indiferentes, así defino los últimos días de esta semana. No he querido escribir para evitar escribir esto, pero el tiempo no pasa el dictado del cuerpo desnudo sobre una cama, el sexo curvo, el muslo abierto, el pecho hueco y el abdomen herido por una bala perdida hace ya un año. Nada más. Palabra por palabra otra vez el mismo cuerpo conocido por el Sol y la mediocre delincuencia de las esquinas que no me ha tocado ni siquiera el hombro; el color de mi piel cambió, sin dioses, después que el color de mis órganos anocheció un día en los ojos de los peores estudiantes de medicina y me convertí a su misma raza bajo el cielo fugaz del mismo hospital. El radiólogo corre con mis placas abdominales por un pasillo de luz vacía, y yo, hoy, un año después, las mismas circunstancias me describen el mundo, ¡Qué lento es el Ser! Todavía cree en la eternidad de sus ojos invisibles cuando el mundo es más rápido de lo que callamos. Paginas como voces, segundo a segundo, sus grandes pliegues, el espacio.
Soy el único hombre que conozco y sé que no debo escribir acerca de esto, sobre el viento, sobre la vida muda de mi imaginación, pero como todo lo que conozco; excesivo, dialectico y musical, lo que escribo en la tarde, será borrado por la noche.
Aún así, resisto, soy de esa materia lírica que nunca calla, escribo sobre la vida, escribo porque quiero descubrir a la vida haciéndome daño o dándome placer, escribo porque quiero castigar o premiar a la vida para siempre. Es la doble condición de ser escritor o poeta, escribo para escribir, porque esa es la única manera de descubrir a la vida con las manos en la carne, in fraganti.