lunes, 28 de marzo de 2011


Make me a mask



Conozco este verso, sí, lo conozco, lo leí en un cuento de Cortázar, cuando leía a Cortázar, cuando las vocales vigilaban todas la palabras, cuando un hombre se levantaba de la mesa y la ficción empieza y termina una y otra vez, tendía la cama, ajustaba la correa al pantalón, tal vez con el recuerdo de las olas en una playa muy cercana a la ciudad, cosida en sus manos, entre los dedos, mientras fumaba el cigarrillo común e inolvidable que me viene de Turgeniev y pasa por esa adolescencia peruana de piscina o pizarrón (Bryce Echenique o Vargas Llosa); de repente, aquella vez, pasaba de pagina, leía como quien encuentra lunares mientras se baña, y allí estaba, en ingles de tatuaje, el verso de Dylan Thomas, “make me a mask”. Música seca, hastío de la luz en cerveza caliente, burbuja que revienta en salivazo a un Jackson Pollock, palabras de río y niebla juntándose tímidamente para terminar por fin en copula de afiche y muro, de sonido y campana, ahora ya bastante campana hiriéndose al otro lado de la playa, a la próxima estación del metro donde Johnny, El Perseguidor, dejó su saxofón debajo del asiento, al otro costado del pez o del verso, o quizás al otro lado del muro o del humo de cigarrillo en la Rusia del siglo XIX cuando las mujeres no tenían lunares. Leía y borraba, leía y borraba, la vida era un inútil misterio que se acababa en la inocencia real del tiempo, la tierra era plana como las espaldas de mis primeras amantes, leía, leía, leía y borraba, nombres y techos, leía por los hombres y mujeres que imitaban la vida, mi padre o mi madre, el detective tal, el corredor de seguros cual, el sacerdote francés enamorado, mi hermano, la muchacha de senos grandes de segundo de bachillerato que luego cambié por “la mujer de senos apacibles como la lengua de una vaca”, Risso, Mersaul, Santos Luzardo, las arepas en el budare. Nunca olvidaré que aquella vez pensé que algún día escribiría sobre lo que estaba a punto de adivinar: No dejaré sonar este verso por mucho tiempo, si dejo que ese sonidito ayuno de las cosas se me escape con la fuerza carnosa de la oreja pegada al espejo, empezaré a imitar ese ingles que siempre me sabe a litografía de Lautrec, que en español sería algo así como “veo un siento volar”, “las niñas bailan cuando lluvia”, “tambor jardín desnudo”. Por eso escribo como un enemigo que se va siendo por dentro, como un espejo roto de alas y mudo de pliegues. Quiero obtener la transparencia de los dibujos que he borrado. Ahora soy un hombre de cara triangular, me veo, los ojos y la imaginación columpiándose en la boca. Hazme una máscara.

1 comentario:

A do outro lado da xanela dijo...

Será mejro hacerse más de una, antes de que se rompa el molde