jueves 21 de abril de 2011


El Malibu Classic del 81 tiene un parecido a ciudad venezolana, a cerveza caliente, a puerta que no abre y chilla, rueda como burbuja tatuada, adivina sus propios desperfectos y como el destino, tiene dirección sublunar. Si llueve, es una mezcla de grasa con charco de agua convertido en espejo retrovisor donde el tiempo es información y memoria, mitad silencio, mitad madrugada, amanecer y olvido o noche lejana. Huele a paloma mojada. Es el carro, aunque le viene mejor eso de “coche” por lo de niño sentado, que puedo tener y pienso tener toda mi vida. Si yo quisiera…
Ayer fui a tomar un poco de Sol a Chinatown, tomé las llaves de mi coche, no estaba estacionado tan lejos pero mientras caminaba apreté las llaves en el bolsillo como se aprieta un poco de hierba creyendo que es todo el jardín. Encendí el motor, dejé que calentara la flagrante herencia cinco minutos, temblaba, palidecía la sombra, sonaba a plaza sin nombre. Arranqué lentamente; lo demás, por donde venía, pasaba, seguía y el movimiento se lo dejaba a la parcialidad de mis ojos. El cielo juega a que los árboles están vivos. Calles y calles como los rayones de este tigre atado por las líneas de mi manos. Nadie me esperaba. Había una mujer… si yo quisiera… encendí un cigarrillo, afuera empezaba a llover con diez minutos de retraso. No espera a nadie. Escribo en una servilleta cualquier cosa mientras mis sospechas desaparecen como un telón: Es hermosa. –Chino, otra cerveza–. Limpia los círculos de agua, se disculpa por la tardanza, su corbatica roja también sonríe, sirve hasta la mitad, comprende porque la estoy mirando, se disculpa nuevamente y empieza a llover más fuerte.
El Malibu Classic de 1.981 palpita.




1 comentarios:

Elilith dijo...

Muy bohemio, muy vivo. Me gusta.


Un beso.

La chica del infinito <3!