Hoy es Martes. Conocí los días cuando aprendí a amarrarme los zapatos; por supuesto, ya sabía caminar. Tiempo después era hombre, es decir, tiempo mío. Ahora, ayer fue Lunes. Esta mañana desperté con ganas de leer a Machado pero, en cambio, recibí una llamada a las siente en punto de la mañana: Una mujer quedó encerrada en un ascensor por más de 5 horas, quiere demandar al condominio. No la culpo, el ascensor es el corazón del vacío, no hay vida, allí sólo es posible el mal azar, la costumbre del adiós, la piel iluminada como en los hospitales, el seno desnudo y triste, la emoción de no verte allí, frente a la muchedumbre de las escaleras.
Salí de mi habitación, dejé las ganas de Machado con el ayuno apacible, con el recuerdo del sexo bípedo.
La mujer del ascensor me esperaba en una café de panadería portuguesa. Vieja, la imaginé acabada de venir del odontólogo, sin nada que hacer por las tardes, seguro los hijos ya no la quieren. Pero me senté a su lado. -Demandemos, dijo- Me han dicho que eres bueno y que conoces a las personas indicadas. Asentí pensando: "Cada mirada es un acto de fe...".
Te pagaré en cuanto esos malditos del condominio paguen lo que me deben. Casi muero, apagaron las luces, y las cuerdas iban a reventarse, lo juro por Dios, que sí.
-Lo siento, no trabajo por consignación-.
-Es que tengo fe...-
-Tome-
-¿Qué es esto?-
La tarjeta de un abogado mejor que yo-.
Me levanté con la misma elegancia de todo lo que pude convertir en silencio; volví sobre mis pasos, recordé que también aprendí a caminar de regreso una vez que llegué a casa y ya todos se habían ido.
Las personas no son lo mismo en cada lugar, se repiten o se distraen.
Iba a llover pero ya estaba donde había despertado, donde mis ganas comenzaron de madrugada, de Lunes a Martes, de la cama vacía al pecho con manchas de café, de mis zapatos a la corbata, de llamada al ascensor, del piso 4 a plantabaja, sexo de la nariz al pie, calles, pasillos, gestos. Pero hoy, otra vez en mi habitación, ya sin ganas de leer Machado, con la pequeña musiquita de la compañía de teléfonos en mi cabeza. ¿Era la vieja que volvía a llamar? Colgué, abrí la ventana, las personas conocidas son mitades antes de la lluvia, van y vienen como vocales, -¡Qué hermosa la intemperie del mundo!-, y de repente vi lo que pensaba: Tomé esa fotografía con mi teléfono celular, mi soledad portátil, la piedra machadiana que lanzo a las personas indicadas.


4 comentarios:
Hacía tiempo que no me conmovía ante una rutina hermosamente escrita. Con este tipo de escritura vuelvo a la cadencia del momento y del café, fuera de la academia y el auditorio. Un abrazo poeta.
Te encontré por azar, por andar hurgando la nada, como siempre se hallan las cosas que uno termina buscando. Tu nombre me trae reminiscencias, no por Darío, pero no las persigo.
Me gustan los espejos. Y me detuve a leer tu texto. Pensé que es un momento que solemos vivir demasiado a menudo, pero tan a prisa que no nos detenemos a escribirlo.
Me gustó la foto, aún tomada con ese diminuto instrumento que tiene la virtud de incomunicar pero de poder atrapar un instante inatrapable.
En verdad no vengo a decirte nada, sino a dejar una huella leve y volatil en tu espejo.
Si tuviera que contratarte lo haría para que demandaras al cielo los días grises, o a la luna cuando mengua. Y se me ocurre que tal vez aceptarías trabajar a consignación, a sabiendas de que tu pago se lo cobrarías a los amaneceres.
En fin, escribo de más en esta tarde que no se asemeja a la tuya.
Me fascina todo pero sobre todo como comienzas esta narración.
Besito!
=) HUMO
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