sábado, 2 de abril de 2011



No sé porque lo recuerdo ahora, el autobus con el dinero apretado en los bolsillos, los rostros difíciles, la carne muerta de los tomates y la calle Vargas, un rayón de tiza mezclado con el sudor a las dos de la tarde; unos pasos más, las escaleras del edificio, el ascensor, el pasillo de luz sucia, las llaves, quizás un beso antes de abrir la puerta del apartamento. Hoy, los días son más cortos y ahora mismo debería preparar una clase sobre Tomás Hobbes. Ella siempre me besaba entre el comedor y la sala, la cocina está mas allá, así que me dejaba sorriente, melón, solo con la boca menos pesada, la mitad, como el olvido. Preparaba café sin consultarme, pero poco después, entrábamos en lo que ella pensaba era mi habitación, se quitó las sandalias y se miraba al espejo. El desorden, el Código Civil en medio del Sol, la ropa de los años ochenta que heredé en los musculos de mi padre, el dinero chamuscado por las lineas de mis manos, los mubles, una cama, mis libros. Se desnudaba entre tanto diccionario que ahora me provoca escribir su nombre. Pero no, ella ya se fue, se iba, se va; antes, aquella tarde, como casi todas las tardes, estaba tirada en el suelo y entre sus pechos, giro, la ropa, giro, sus manos, giro, mi lengua, giro, el espejo, giro y un libro se le encarnó en la espalda, lo cogió con la mano que sacó de mi nuca, lo miró, se detuvo contra la respiración cansada de la mandibula, mi mano queriendo llegar a su boca pero entre sus rodillas, dijo: "¡Historia de lengua española, naguevoná!".

2 comentarios:

NESTOR MENDOZA dijo...

Sí, Rubén, esa frase tan castiza, tan oral, tan lengua, tan de Bello y Berceo. No podría reaccionar de otra forma. Naguevoná!!
Buena entrada

Rubén Darío Carrero dijo...

Un clásico de mi vida.