martes 22 de febrero de 2011







Mi intención sobre lo desconocido tiene forma de ilusión. En ese caso, tendría que mentir o atar los unos los otros.




lunes 7 de febrero de 2011

Lo que no se puede ver, es irrompible



Cada año tiene sus propios días como las estatuas sin nombre tienen sus propios fantasmas, miran el vacío de las plazas y graban el silencio apoderándose de la imagen como un reloj despedazado. Sus partes, copulando secretamente con el universo y los pájaros que vuelan alto, caen y le picotean el sexo al tiempo. Nidos, nidos, nidos.


Nace el viento, la Virgen observa, es la peor de los mortales, con su vientre de árbol no hace más que multiplicarse en blanco y negro.


Es mi Cristo anestesiado.

Dios se oculta desnudo detrás de los jardines.


Yo lo puedo ver, encerrado en mis ojos, pero jaula fácil, mientras el Sol penetra en los hombres buscando el aceite gris de los sueños. En la vigilia, como todos los animales, dígamos, como un gorila en silencio, el cuerpo jaula la ausencia y la presencia, el olvido y el cielo, para obtener la trasparencia. Los ojos, uno a uno, como huesos.

Por eso las sombras no tienen labios, porque llevo pedazos de espejos en mis bolsillos, conmovedoras heridas en mis puños.

“No eres buen conversador” – dijo –. Es la alquimia del no volver a verme, respondo. (Su desprecio es el mismo que el de una muchacha ciega). Esa estatua no tiene nombre, pensé, no sin la indiferencia de quien sólo prefiere mirar.


Veinte días han pasado. Un año más, cualquiera: Venecia, Lunes, Jueves, Rostro, Jabalina. El ayer tiene tatuajes; hoy, máscara, espejo, disfraz, agua.