sábado 30 de abril de 2011

Ernesto Sábato no está muerto


Alguien llamó para darme la noticia: “Murió Sábato”. Colgó. ¿Murió? ¿Quién llama tan temprano? ¿Quién puede tutear a Sábato? Todo es voz. Estoy despierto desde las siete de la mañana, los pies todavía desnudos, los órganos dormidos en el café, la madrugada inevitable que poco a poco se esconde en la falsa claridad de las horas, el oído caliente, los segundos tibiamente incorporándose en las palabras: Espejo, mueble, closet, camisa azul sobre la blanca y negra cerámica del suelo, Rubén, isla, aire, aforismo, culebra. Y de repente: un hombre se está lavando la cara con jabón negro, jabón de calle, jabón espuma de cuchillo, jabón triste…agua caliente. Suena el teléfono. Y de repente, otra vez, una playa sin nubes, sin las niñas de mis poemas que juegan en la orilla de las olas, multiplicándose en las pinturas de Juan, están en la última habitación del silencio. Me quedaré con Alejandra, la amo, la amo desde que tengo 14 años, la sigo amando hasta después de la muerte porque no está muerta, porque no se murió para siempre, está desnuda frente al Sol, sus senos apacibles creciendo cada segundo, insobornable, perfecta en la luz vacía, arenisca, balaustrada, todos los cuerpos, el cuerpo, ella, nosotros, piedralumbre. El hombre puede convertir una noticia, un número inefable o la razón en imperfecta memoria, así llamamos a los días. Alejandra está muerta, murió en la sien del ángel, quemada, ahogada, colgada, cuelga, colgó…colgaron el teléfono. No sé quien ha llamado, fue una voz como la que se escuchan en los sueños, esa voz de nuestra primera poesía, la voz del cuerpo por cobrar que anuncian en los periódicos y en los afiches pegados por toda la playa, en los trenes, en los balcones y yo sigo siendo el mismo hombre tan aficionado al destino, el hombre que conocen los fantasmas, el hombre que prepara el desayuno en un mundo engrasado y vacío, sin dogmas, sin ideas, sin líneas, sin número, sin cables eléctricos, sin onda de campo magnético, sin esa voz que llame a las siete en punto de la mañana sólo para avisar que estás muerto.
Yo escucho una canción que habla de sentirse encerrado en una jaula; pero no, es la limitada certeza de sentirse vivo y la confundo con los espacios vacíos que caen de canto y te esperan, esperan tu música, la música ciega, tus claridades luchando mientras el olvido es el alma y el corazón es un mirador construido 18.000 mil años antes de la creación de los ojos. Pierdes el nombre como todos los nombres del mundo y lo escucho en tu música cada vez menos: Ernesto, Ernes, to, nes, es, Sába, Sáb, ot, to, Sá, mientras los arboles dibujan tu nuevo nombre: Re-sis-tir. Allí, donde cualquier pájaro coloca su nido, su aspergesia, y le da de comer a sus crías con los átomos de tu inmortalidad. Serás más que la memoria, amigo mío. ¡Ya no importa quién haya llamado!

viernes 29 de abril de 2011



La ficción es esa voz que se mete por las palabras y se incorpora en los ojos, la mirada fija: cuerpos como pliegues.




jueves 21 de abril de 2011


El Malibu Classic del 81 tiene un parecido a ciudad venezolana, a cerveza caliente, a puerta que no abre y chilla, rueda como burbuja tatuada, adivina sus propios desperfectos y como el destino, tiene dirección sublunar. Si llueve, es una mezcla de grasa con charco de agua convertido en espejo retrovisor donde el tiempo es información y memoria, mitad silencio, mitad madrugada, amanecer y olvido o noche lejana. Huele a paloma mojada. Es el carro, aunque le viene mejor eso de “coche” por lo de niño sentado, que puedo tener y pienso tener toda mi vida. Si yo quisiera…
Ayer fui a tomar un poco de Sol a Chinatown, tomé las llaves de mi coche, no estaba estacionado tan lejos pero mientras caminaba apreté las llaves en el bolsillo como se aprieta un poco de hierba creyendo que es todo el jardín. Encendí el motor, dejé que calentara la flagrante herencia cinco minutos, temblaba, palidecía la sombra, sonaba a plaza sin nombre. Arranqué lentamente; lo demás, por donde venía, pasaba, seguía y el movimiento se lo dejaba a la parcialidad de mis ojos. El cielo juega a que los árboles están vivos. Calles y calles como los rayones de este tigre atado por las líneas de mi manos. Nadie me esperaba. Había una mujer… si yo quisiera… encendí un cigarrillo, afuera empezaba a llover con diez minutos de retraso. No espera a nadie. Escribo en una servilleta cualquier cosa mientras mis sospechas desaparecen como un telón: Es hermosa. –Chino, otra cerveza–. Limpia los círculos de agua, se disculpa por la tardanza, su corbatica roja también sonríe, sirve hasta la mitad, comprende porque la estoy mirando, se disculpa nuevamente y empieza a llover más fuerte.
El Malibu Classic de 1.981 palpita.




martes 12 de abril de 2011


Hoy es Martes. Conocí los días cuando aprendí a amarrarme los zapatos; por supuesto, ya sabía caminar. Tiempo después era hombre, es decir, tiempo mío. Ahora, ayer fue Lunes. Esta mañana desperté con ganas de leer a Machado pero, en cambio, recibí una llamada a las siente en punto de la mañana: Una mujer quedó encerrada en un ascensor por más de 5 horas, quiere demandar al condominio. No la culpo, el ascensor es el corazón del vacío, no hay vida, allí sólo es posible el mal azar, la costumbre del adiós, la piel iluminada como en los hospitales, el seno desnudo y triste, la emoción de no verte allí, frente a la muchedumbre de las escaleras.

Salí de mi habitación, dejé las ganas de Machado con el ayuno apacible, con el recuerdo del sexo bípedo.

La mujer del ascensor me esperaba en una café de panadería portuguesa. Vieja, la imaginé acabada de venir del odontólogo, sin nada que hacer por las tardes, seguro los hijos ya no la quieren. Pero me senté a su lado. -Demandemos, dijo- Me han dicho que eres bueno y que conoces a las personas indicadas. Asentí pensando: "Cada mirada es un acto de fe...".

Te pagaré en cuanto esos malditos del condominio paguen lo que me deben. Casi muero, apagaron las luces, y las cuerdas iban a reventarse, lo juro por Dios, que sí.

-Lo siento, no trabajo por consignación-.

-Es que tengo fe...-

-Tome-

-¿Qué es esto?-

La tarjeta de un abogado mejor que yo-.

Me levanté con la misma elegancia de todo lo que pude convertir en silencio; volví sobre mis pasos, recordé que también aprendí a caminar de regreso una vez que llegué a casa y ya todos se habían ido.


Las personas no son lo mismo en cada lugar, se repiten o se distraen.

Iba a llover pero ya estaba donde había despertado, donde mis ganas comenzaron de madrugada, de Lunes a Martes, de la cama vacía al pecho con manchas de café, de mis zapatos a la corbata, de llamada al ascensor, del piso 4 a plantabaja, sexo de la nariz al pie, calles, pasillos, gestos. Pero hoy, otra vez en mi habitación, ya sin ganas de leer Machado, con la pequeña musiquita de la compañía de teléfonos en mi cabeza. ¿Era la vieja que volvía a llamar? Colgué, abrí la ventana, las personas conocidas son mitades antes de la lluvia, van y vienen como vocales, -¡Qué hermosa la intemperie del mundo!-, y de repente vi lo que pensaba: Tomé esa fotografía con mi teléfono celular, mi soledad portátil, la piedra machadiana que lanzo a las personas indicadas.

domingo 3 de abril de 2011



Y otro hombre dijo:


---El momento más grave de mi vida, ocurrió en un maremoto de Yokohama, del cual salvé milagrosamente, refugiado bajo el alero de una tienda de lacas.



César Vallejo



sábado 2 de abril de 2011



No sé porque lo recuerdo ahora, el autobus con el dinero apretado en los bolsillos, los rostros difíciles, la carne muerta de los tomates y la calle Vargas, un rayón de tiza mezclado con el sudor a las dos de la tarde; unos pasos más, las escaleras del edificio, el ascensor, el pasillo de luz sucia, las llaves, quizás un beso antes de abrir la puerta del apartamento. Hoy, los días son más cortos y ahora mismo debería preparar una clase sobre Tomás Hobbes. Ella siempre me besaba entre el comedor y la sala, la cocina está mas allá, así que me dejaba sorriente, melón, solo con la boca menos pesada, la mitad, como el olvido. Preparaba café sin consultarme, pero poco después, entrábamos en lo que ella pensaba era mi habitación, se quitó las sandalias y se miraba al espejo. El desorden, el Código Civil en medio del Sol, la ropa de los años ochenta que heredé en los musculos de mi padre, el dinero chamuscado por las lineas de mis manos, los mubles, una cama, mis libros. Se desnudaba entre tanto diccionario que ahora me provoca escribir su nombre. Pero no, ella ya se fue, se iba, se va; antes, aquella tarde, como casi todas las tardes, estaba tirada en el suelo y entre sus pechos, giro, la ropa, giro, sus manos, giro, mi lengua, giro, el espejo, giro y un libro se le encarnó en la espalda, lo cogió con la mano que sacó de mi nuca, lo miró, se detuvo contra la respiración cansada de la mandibula, mi mano queriendo llegar a su boca pero entre sus rodillas, dijo: "¡Historia de lengua española, naguevoná!".