Mis brazos están apoyados en el escritorio, palabra por palabra siento el peso de mis ojos confundidos con el temblar de las manos, la sangre creciendo como pelo, surco a surco deja caer en el estomago la materia invisible de lo que algún día escribiré. Me queda la boca, sola, negra, ¿túnel?, caballo transparente y rosado, carnación, herida infinita, comienzo de los comienzos, pliegue, sutura del corazón, animal que canta dormido.
¿Duermes? – pregunta –.
– No, imagino que escribo –.
Mañana te digo si soñamos, pasará con el tiempo, mitad luz, mitad silencio.
La locura me separa de lo invisible, esa otra muerte que palpita y divide.
Hablar solo, sí, hablar solo.


