jueves, 26 de abril de 2012



Fue Miguel Hernández quien escribió desde la cárcel a su amada Josefina “las ratas me cagan en la azotea del pensamiento”. Él y sólo él, ella y sólo ella a pesar de los días no encontrados.  Miguel ya era canto enfermo, Josefina, la cura dentro de los muros, y la guerra civil española un Picasso por todas las raíces de España que pronto emergerían, pero estalló. El cubismo es una estafa, los años han pasado, ahora todo cáliz es de vitrina.
Han pasado tantos años: hay inyecciones para todo y la moral es tristeza en la sangre.
Nos han quitado el heroísmo, ese heroísmo de las ideas que llegan a su fin, del mar infinito, de los árboles con gestos, de la lluvia sin diálogos y los pañuelos hinchados de astilleros, ahora sólo nos quedan las declaraciones de bluyín, franela y mariguana; nos han quitado la belleza, ahora nos queda ese "pobre maniquí burlado" y un montón de palabras ciegas que riman con...; nos han quitado el amor, ahora nos queda… ¿Qué nos queda?, esperar, sentir, resistir, ¿creer?, imaginar, construir más edificios en el alma -con azotea- para que la fantasía del albañil salte como loca y mañana se peguen afiches por toda la ciudad de canciones que lo resumieran todo.
La mujer ha inventado la incertidumbre.
El amor es un siglo que se repite, pero tú que estás inconsciente de todas mis cartas, que no me lees, inconsciente porque la mala poesía te hizo memoriosa, tú, que dejaste la humedad impenetrable regada por todos mis libros y papeles, que  la imaginación te hace guiños mientras engordas en una tienda de lacas y de ropa panameña, tú que también eres mi héroe, el amor que hace madurar a Dios, a los siglos y a toda la belleza sin padre ni horas, te perdiste en la madrugada como una muchacha que bebe CocaCola caliente. Y yo que moriré antes de ti, sin guerra, sin laberintos, sin alquimia, sin tierra virgen ni bosque insomne, sin cerveza de astillero y siendo abogado de la transparencia y de sus pequeños infiernos alrededor, hoy, con sólo una ventana cuatro pisos más arriba, tisis en el azar y las obras completas de Balzac, las palabras me cagan en la cárcel del pensamiento, cárcel fácil pero invisible mientras doy vueltas en la cama y desde afuera una muchedumbre me grita que un tal David Foster Wallace es el mejor escritor de nuestra época.