martes, 22 de mayo de 2012



Adinerados, hermosos, inteligentes y tan sensibles como para pensar en dinero y al mismo tiempo reír de lo que jamás podrá escribirse en verso. Un productor de Hollywood aparece y ni siquiera se habla de asesinatos ni de mujeres. Los personajes no aceptarán otra historia que ellos no quieran contar. Sigue la fiesta, la espera de que algo sucederá y no sucede por lo lento de las paginas que ya son pliegues para untar en el desayuno de Maury Noble o de el mismo Blockmann, ese productor de cine, aquél que el dinero siempre lo alejó de lo que sólo podía obtener con dinero. Esperan con la desesperación del champagne en un tren que pasa cerca de la casa de campo y a media noche. Gloria debió tomar ese tren. Mejor, dejemos hablar al alcohol, esa costumbre tan Nueva York 1930 que aún nos deja ese sabor hablador tan Caracas o apartamento maracayero un Martes a las 3 de la tarde con el Sol de cerveza encharcado en mentiras sobre contratos y oficinas, tan humano oro entre las persianas y la cabeza sin ojos. La guerra, tener miedo al salir de casa, escribir como esperando una bala perdida. Los amigos huyen, el penhouse ya no se puede pagar. El dinero es ciego como un mudo, esos amigos que no saben mentir y que se parecen al viento mezclado con ventilador. Alcohólicos de tanto viajar, tanto barco y treinta millones de dólares que aparecen de la nada, de repente, como el fantasma de lo inevitable, la perpetua herencia de una borrachera, de la sangre de la prohibición, de las estampillas que vienen de Venezuela y coleccionas  en los ojos perdidos de aquella mujer que conociste en la guerra y que sólo ha regresado para decir “te amo”. De todos los motivos mezclados con el saber y no saber, como la vida y la muerte, este nos hace pensar en un héroe anestesiado por una literatura que quiere ser una gran y única escena cinematográfica; no lo logra, pero el héroe… ¿Todos somos hermosos y malditos?

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