lunes, 27 de agosto de 2012


Yo miro el aire y no puedo decir quién


Miro la carne como miro al viento, es el vacío amoroso su poderosa ausencia cuando trato de sentarme cotidianamente en la gorda creación de lo invisible. Me peino con las manos la delicada mirada, la fiel cabeza de mi niñez, la carne sobre carne y la palabra cuerpo domesticada en el papel, página a página como la lengua que no sabe de la piel. Saber, sabor y salida, jabón, hotel y máquina del tiempo. Pronuncia bien o la definición del amor sobre la espalda suave entre mi pecho llegará a mi boca, cruda en el horno de la respiración y lento como el brillo de piscina. Sentir, esa es la palabra en mi cuello.
El mismo traje un lunes por la mañana, seco, sonámbulo juez y espejo viviente que prepara el desayuno, regresa a la cama como cucharilla a la boca, zapato, calle o paso desde una persiana rota que está pariendo su primer y único hijo futuro, azul, cerrado, lluvioso y glandular; es un parto de mano sobre el espejo que puja al oleo una criatura muy parecida al silencio que habló a dos segundos de mis ojos. Después de nacer, lo dijo, me llamo “Estrofa Cielo”.
Nació mujer de 16 años y esta mañana acariciaba sus cuerdas cual salamandras apareándose en un río de venas.
Amaneció conmigo de cucharita.
Doble Dios desenredado.
“Mañanamos”.
Apenas abrí los ojos, me lo dijo al oído: “Aprieta los dientes rotos, Rubén, sí, tus dientes rotos de oso muerto, ¿Recuerdas nuestro sueño?”. Y traté de levantarme con todo su peso encima pero sólo logré que brillara el sudor de mi pecho y de mi cien voladora como juguete. (Cuando era niño, tan niño como el silencio, mi juego favorito era lanzar juguetes nuevos por el balcón de mi casa).
Traté de gritar o traté de besarla pero sólo podía escuchar su voz diciéndome: Rebanadas de parpados, topos, alacranes y ratas, rebanadas de parpados, topos, alacranes y ratas, rebanadas de parpados, topos, alacranes y ratas.
Yo sólo pienso en arboles azules.
Pliegues, pliegues y pliegues que abren y cierran en los bolsillos, en los parpados, en el agua, en el mar de los coleccionistas, en mi escritorio de abogado muerto, en el político que sólo utiliza el asíndeton, en el profesor de filosofía, en el hijo, en el padre, en la madre, en la mecánica social de los fantasmas, en el amigo, en la comida, en los besos, en las mentiras, en el Sol, en el café y en esa Biblia de una sola palabra: Puta.
Lo pronuncias y vuelves al universo.  
El silencio habla solo cuando le tocas el sexo, chilla callado y arquea la oscuridad latente de los ojos lamidos por ese espejo que no tiene corazón pero tiene las carnes abiertas entre mis dedos que avanzan como párrafos y decía: “Más, más, más”. Una y otra vez: “Más, más, más”. Pedía ver más, que mis dedos llegaran hasta donde pudiera abrir el cielo, el techo, la cama, la espalda y pedir más, más y más con el grito de ojo que desnuda para siempre.  
Es una locura ver, mirar a los ojos, lamer la nariz y mirar a los ojos.
“Ahora te llamarás Ayer”, me dijo jadeando.

Y dijo “ayer” como si despertara para siempre,
como si el azar y la soledad se juntaran tibiamente,
Dos serpientes: la destrucción y el instante,
amarrada la superstición se confiesa Dios
y todo existe igual al viento.

Dame dos cervezas, recuerdo que dije en el sueño.
Pero ya mi hermano me ayuda a levantarme de la cama, ese hermano incomprensible que es el olvido, también medio hermano del tiempo.
Despierto, estoy vivo y seré igual, todavía más igual tantas veces a la misma taza de café.

            Dejaré la creación quieta en el periódico de esta mañana.

            Grabaré todo lo que escribo y así no tendré la necesidad de volver a publicar en “El Hallazgo de los Espejos”, llevaré todo lo que pienso grabado en mi teléfono celular. Ya llevo una hora hablando solo.

Sin embargo, todavía no aparece mi voz y me da miedo, en esta grabadora se escuchan los pasos de quien se asoma sólo para verme, es como si la vida estuviera allí en esos pasos que se acercan lentamente a la puerta de mi habitación, me esfuerzo por escuchar y siento que la realidad me besa el oído cual prologo de un libro de citas y escucho esta frase: Yo miro el aire y no puedo decir quién.

Se escucha un oleaje espejo como un brazo dormido.
Más volumen:
Un río.
Más volumen:
Mar.
Más volumen:
Barco vacío.

Fantasmas juegan con los sonidos: ¿Me voy a la otra orilla, hiere la misma herida?


Una puerta abierta, mi voz más abierta, un beso dividido.
Dijo adiós “completica”.










3 comentarios:

HUMO dijo...

No es lo mismo una mirada que otra, tal vez por eso!

Besote!

=) HUMO

Velvet Nana dijo...

Me alegra encontrarte de nuevo...
Besos!

GEORGIA dijo...

Un abrazo Rubén gracias por la visita