lunes, 29 de octubre de 2012



Ya no pienso en mí. Olvidé cómo. Un árbol azul es la cama, el cuerpo, el asombro, los años, los días, los segundos, esas cosas que dices de mí y que haces con tanta brevedad que ni siquiera me doy cuenta. ¿Estoy dormido? –Despierta –, dices. Acabamos de conversar por teléfono. Ya va, ya va, un año más no puede ser este recuerdo que se mueve entre mis libros y que las palabras han aprendido o son la memoria para nombrar, inscribir o grabar y dar todo (incluso lo que todavía no he hecho), al fanático de la vida llamado Rubén, Carlos, Iván o cualquier otra cosa que todavía no me atrevo a ser porque he esperado hasta este momento para besar tus labios, mirarte y pedir que cierres tus ojos por un momento para convertir todo lo que he visto, escuchado y sentido en todo lo que diré en un acompáñame a vivir con mis ideas, con mis brazos, con el azar en la garganta y con esta respiración que se sienta a mi lado como uno más que no sabe lo que me pasa.
Todo es invisible, todo es aire, los años y las fotografías sin esos instantes.
Amar es nombrar, Génesis, y yo todavía tengo este lenguaje que será el lenguaje de los años y de las respuestas que escucho cuando quiero ser escritor, abogado, político o regresar a ese balcón cuando era niño y lanzaba mis juguetes a la vida del cielo. Soy el único que ha visto volar esas palabras.
El árbol azul es ese viaje con alas de niño, tu niño imaginario que ya desordena mis papeles y raya las paredes de mi habitación, de mi oficina, de mi salón de clases y todas esas paredes blancas de mi cabeza. Génesis, este niño y tu sonrisa.
¿Pero qué responden los años? Responden: Ella es inmortal. Y tú Rubén, tú tienes que escribir demasiado y mejorar y quizás…
Escribo:
Amo lo indecible, amo lo futuro, amo el silencio, amo todo 29 de Octubre.

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