miércoles, 12 de diciembre de 2012


Hoy y el sentido de los años


En mi adolescencia las palabras sonreían, eran vacío, nada, abismo o dolor, pero sonreían. Los poetas que siempre leía escribían sobre lunas, pirámides, dioses y océanos amasados por el ojo de una mosca o de una muchacha muerta. ¿Los surrealistas han sido superados con pocas palabras? Yo creo que no.  Hay algo en ellos que se parece al cristianismo, tan excesivo como imperceptible. Luego vinieron los españoles y convirtieron el azar en ternura y el asombro en la soledad de las más hermosas contradicciones. Bachelard y Eliot fueron crueles pero necesarios. Hiperión y La muerte de Empédocles es la humildad cruel que también vendrá después que maduren los espejos. Ojo: “Yo me transformaba en lo que veía”.  Tiempo, dicen las mujeres mirando a la frente del que suda, y así conocí el muslo de una mujer atascado en una pregunta ¿cómo? Y después sentí las ganas de decir: ¿Cómo, dios mío?, ¿Cómo decirte que te vistas y que te vayas? Necesitaba descansar. Le dije que su cuerpo era hermoso pero que se marchara ya, yo no podía pensar en otra cosa que en escribir sobre sus manos y su cuello que sólo me hacía sentir la respiración o el reflejo de otras mujeres como ese niño en un poema de Vallejo que “jugaba a los pliegues en el sexo de su madre”. Leí a Pessoa porque ese día tuve dinero para comprar una de las ediciones de Acantilado, pero no pude hacer otra cosa más que lanzarle piedras machadianas a todo el aire de playa y de astillero. Me enamoré. Dejé de leer poesía, o lo que es lo mismo, mentía. Fui al cine agarrado de la mano de otras mujeres menos dialécticas pero más musicales. Cedí para no volverme un loco estúpido o un inútil perseguidor del dinero. Luego leí a mis amigos, ya eran otras palabras, hotel, taxi, sida, vodka, embrión y otro montón de ídolos infantiles que me hablaban de la renuncia de la vida y también de la muerte como lo practican en la televisión después de mediodía.
El instante es fílmico, ya pasó o se está grabando en millones de cuerpos pequeñitos que da lo mismo llamar memoria u olvido,  corpúsculos o tarjeta de presentación, y mis amigos siguen escribiendo que aquél hombre está sentado en un banco en la plaza Bolívar de Maracay con las manos apretadas de tanto esperar una frase más… ¿fílmica, será? Los españoles callan hipnotizados por la u. Dostoievski también escribía Jajajaja, creo que era el pobre y viejo Marmeladov quien reía así, espeso y poco a poco, como la saciedad, que es lo único que tengo ahora en este instante en el que compro libros usados con el dinero que le robé a mi hermano.
Llego a casa y no encuentro el bicolor para subrayar dos o tres líneas olvidadas esta mañana en el autobús, busco sobre los periódicos de hace dos semanas amarillos de no leer, busco en la cama, debajo de la cama, dentro de otros libros, sobre mis papeles, abro el cajoncillo de mi escritorio, y allí estoy, cuando tenía 12 años y algunos otros meses, Agosto, Septiembre, mi madre probaba una nueva cámara fotográfica y gritó de repente ¡Rubén! Tantos años han pasado para ver, para recordar el otro costado de mi espalda, de mi perfil de manzana con hacha en el medio, imagen y herida de siempre: volver a ver. Una imagen al llegar de la escuela sobre otra imagen más sensual, fuerte, curva, de años pero limitada, una y otra copulando y haciendo nacer el polvo con su movimiento de ventanas y más ventanas; unas, uterinas, ciegas, hechura de la carne; otras, numerosas, amables, paganas, inciertas, asombrosas y sombrosas bajo el árbol de mis ojos.
La fruta cae y las imágenes se detienen, tomo la fotografía y sonrío con mi mano izquierda y subrayo: No ser restringido en lo máximo, y sin embargo estar contenido en lo mínimo, es divino. Es divino.