martes, 11 de junio de 2013

SUEÑO INDECISO



Una semana, tú y yo, una semana. Así será. Y que vengan otras, y otras, otras, otras más y más.



Despertó temprano. Anoche D. no quiso regresar con él a casa. Salió del bar a fumar un cigarrillo y ella siguió sus pasos antes de levantarse de la mesa: –Es mejor que me vaya con F., tú y yo, otra vez, no podemos…–. Apagó el cigarrillo y le dijo que estaba bien que se fuera. Regresó a casa, solo como un caleidoscopio. "Desperté temprano", pensó. La cama está medio hundida y tiene la mitad del cuerpo dormido. El cerebro no me habla, –dijo. Las sabanas azules ya son blancas como todas sus metáforas pendientes, pero el desorden siempre lo ayuda a pensar y reír sobre otras cosas. Han pasado semanas sin el leer el periódico o el twitter y de repente toda su vida, todo su dinero, toda su ropa, ahora es ese vacío del que tanto hablan en los supermercados; “carne empaquetada al vacío”, dicen en las carnicerías que tienen cierto aire de peluquería elegante, casi los mismos sonidos pero con otra intemperie en las paredes y en las fotografías. Ningún carnicero puede ser homosexual, decía su madre, que una vez al mes iba y le regalaba un kilo de carne a su único hijo soltero.
Freír carne a las cinco de la mañana parece una buena idea. Siempre le gustó pensar mientras escuchaba ese sonido que hace la carne en aceite hirviendo, breve y en la mirada de la oscuridad, que se parece tanto a ese único recuerdo que lo emociona.
El hombro y el cuello se tensan, el sartén pesa, quizás sea porque no ha encendido el bombillo de la cocina, pero no sería igual el aceite hirviendo debajo de la luz. Ríe, recuerda: “Tú y yo, otra vez, no podemos…”.  Puta, –pensó. Echó a la carne un poco de cerveza y tomó otro poco o hasta que se acabara. Lanzó la lata y sólo se escucho el ruido que hizo sobre la gravedad de la semana pasada. Es el mismo brazo que prepara la carne con cerveza y sal a las cinco y veintitrés de la mañana, el mismo brazo bajo la sabana, que buscaba su sexo  pero encontró todo su cuerpo. Albert está desnudo, gordo y sucio, lo siente en sus pies, en sus parpados, en todo el movimiento de los huesos y las pupilas unidos en la cerveza caliente que ríe como una hiena en el fondo de la oscuridad. Se siente sus pasos, su mirada, el recuerdo de un vestido estampado de 4 tipos de azules y una mujer que se levanta de la mesa, enciende el mismo cigarrillo y se va.
Un hombre ha matado a una hiena en la sala de su casa y ahora busca la cabeza, la frente, el estomago, la mandíbula que le ha quitado a su mujer.
Es ridículo, –dice en voz alta.
Albert respira hondo porque cree que todo es soñar, plazo, figura, estimulo, razón, hiena, mujer, cerveza sobre la carne muerta. Respira hasta el fondo y escucha un millón de botellas rotas como el velo de la fantasía, respirando e hiriéndole en la espalda que se abre como la ventana de su habitación y se expande para ver dormir a los gatos sobre la grasa que dejan los carros al calor del mediodía.  Vio como se abrió todo su cuerpo y la cesación de los órganos empezaba a girar como un cine mudo. El tiempo se detuvo cuando el dialogo apareció, era el cerebro, valiente y palpitante, hablador y animal. Sólo dijo: “Un árbol te acaricia el patio del pensamiento”.
Al día siguiente, es decir, son las seis y ocho de la tarde, Albert volvió a levantarse con una idea que la sintió temblar en el corazón y le abrió los ojos para siempre: “Y si los arboles, como los gatos, comen insectos y pájaros, fornican, miran al cielo y bostezan”. Volvió a sonreír sin darse cuenta. Se levantó de la cama por última vez e hizo el gesto más hermoso del día: Dejó de pensar.









Fotografías: Arriba: Yo, borracho.
Abajo: Sojaila Bueno Loaiza.