domingo, 27 de octubre de 2013




 El Papel Literario, sin fuego y sin papel



Hoy pierde sentido tomarse un café a las seis de la mañana mientras la misma mujer de todos los domingos a esa hora te recuerda que “a veces El Papel Literario no viene”. Pero cuando viene, el desayuno, esa mañana, es diferente, incluso la noche anterior cambia de cuerpo. Hoy ya no puedo existir de esa manera.

Por ejemplo, hoy ya no puedo amanecer con Ana Nuño en mis manos.

Por El Papel Literario leí (conocí, volví a leer, olvidé, estudié, citaba, citaba y citaba) a Juan Liscano, Alejandro Rossi, Kapuscinski, Tomas Eloy Martínez, Hanna Arenth, Ednodio Quintero, Dereck Wallcot, Victoria de Stefano, Gesualdo Bufalino, Rafael Cadenas, Pocaterra, Castro Leiva, Walter Benjamin, Víctor Bravo, Arístides Rojas, Danilo Kis, Eugenio Montejo. Una vez leí sobre Carlos Monsiváis y compré uno de sus libros esa misma tarde un sábado de 199...

Por El Papel Literario leí “Vida y destino”, de Vasili Grossman. Y ahora, ahora que tengo todos estos libros, ya no tengo un país del que hablar, ya no puedo criticar mi orgullo, o reír con ternura, por tener todos aquellos recuerdos en Pampanito o en Maracay cuando le hablaba a mis amigos estudiantes de literatura de la chaqueta de cuero que lleva Julio Garmendia en esa fotografía donde aparece como un Chaplin a los 19 años, y que ese mismo muchacho había hecho lo que hizo Jorge Luis Borges pero en 1929. Cosas que uno sabía por El Papel Literario.

Ahora, sólo me queda la memoria del asombro cotidiano cuando me entero que han asesinado a un muchacho de mi edad por mirar a una mujer, o que un alcalde de provincia Venezuela siglo XXI compra un hotel 4 estrellas en ciudad de Panamá. Sólo me queda este cretinismo de no saber porque Laureano Márquez me hace reír. 

Recuerdo como si fuera ayer cuando Miguel Otero Silva, acompañado de la espalda de de… (¿Andrés Eloy Blanco? La memoria venezolana ya no me suena), entraba en el cuartel San Carlos, a visitar a Domingo Alberto Rangel, preso de la dictadura.

Sí recuerdo muy bien lo que dijeron al despedirse. Domingo Alberto le dijo a Miguel Otero:

Miguel, pon ese periódico al servicio del pueblo . 
Domingo, El Nacional es una empresa privada.

¡Lo que uno leía en El Papel Literario!

Y es que cuando uno veía la foto en su portada, Dostoievski parecía un joven escritor que promete.

Esta mañana, de repente, me dicen que El Papel Literario, el suplemento cultural de Venezuela, suspende su impresión porque no hay dólares, no hay papel, no hay tinta, no hay voluntad, no hay vida, ni años, ni recuerdos, ni orgullo, ni silencio, ni imaginación, ni practica, ni café, ni harina, ni cine, ni pan. No hay novela ni cuento ni poema ni libro de ensayos que pueda derrocar a este gobierno que ha logrado imponer la única sensibilidad con la que miramos y contamos esta historia llamada indiferencia y escasez. Después de repetirlo tanta veces, cinco o seis cubano-venezolanos, lo han logrado: Somos apátridas, ya los recuerdos con los que uno lee a Mariano Picón Salas, Mario Briceño Iragorry o Juan Vicente González, no valen ni el papel de donde vinieron.

Si El Papel Literario desaparece de mis manos, me pregunto, ¿Ricardo Piglia tenía razón? Es decir, ¿somos un país marxista leninista robinsoneano zamorano bolivariano cubano chavista cristiano sin papel, donde un escritor argentino (que no he leído), tiene la razón? Es decir, sí, es cierto, es verdad lo que dicen, lo que podría decir cualquiera de nosotros, los recuerdos son burgueses, conchas de mar, amaneramientos, homenajes a un mundo que no existe, que nunca existió; que sí, que decir cualquier cosa con ironía, interés personal y resentimiento es lo que realmente tiene valor en un país que en setenta años mantuvo una publicación donde las mentes del siglo XX y de fuego creador latinoamericano imprimieron  sus primeras trazos a carboncillo en la solemnidad de la tipografía sobre el papel. Pero no más. 

Puedo escuchar la voz del big brother: “Ustedes burgueses, no necesitan el favor de los dineros del Estado para mantener sus vicios y sus nostalgias. Esas ideas que nada tienen que ver con el pueblo, por europeas y norteamericanas, no tienen ya vida ni destino en el futuro de la patria. Somos lo que somos, sin sus recuerdos ”.

Y callamos, aceptamos, fingimos, (¿se escuchan risas?). Y así empezamos a creer y a ver lo que han repetido durante 14 años en horas de televisión: Somos derrochadores de petróleo, de papel, de café y de pan.

¿Lo somos? 

Ahora sólo nos queda escribir y leer con esa misma ironía.

Yo, que vivo en Maracay y tengo familia en Pampanito, recuerdo cuando tenía doce años, y no tenia celular, y las computadoras me aburrían tanto como una máquina de escribir, pero leía El Papel Literario, y todavía no podía ni siquiera imaginar que yo sería ese recuerdo, pero triste por el silencio, por una dictadura, por los libros, por la memoria, por el dinero, por las palabras, por la comida, por la historia, por este siglo, sin fuego y sin papel.