miércoles, 22 de enero de 2014

 Vida y destino 
Una novela y la libertad, aquí y ahora



En ruso Sonia es el diminutivo de Sofía; Sonia y Sofía no son dos mujeres diferentes, como en Venezuela, en Méjico, o en la España republicana o franquista. En Rusia, la blanca y la roja, con el mismo tren que llevó a Lenin y a John Reed desde la prehistoria hasta Finlandia, Sonia y Sofía es una sola mujer: el recuerdo de una niña jugando a las escondidas, y al mismo tiempo, una mujer con los ojos pequeñitos de intemperie, buscando en el recuerdo a través del humo del cigarrillo que fuma su primer esposo y que está sentado frente a una mesa de madera de Abedul, el techo bajo, las paredes abiertas por balas perdidas, las sienes borrosas y la mandíbula triste  por el almuerzo de un jueves, diciembre de 1943, en casa y sin noticias del hijo que está a orillas del río Volga, el frente de batalla a la invasión nazi.
En la mano y en silencio, 300 páginas después, otra mujer, Nadia, le dice a su padre: “Los revolucionarios son estúpidos o deshonestos; no se puede sacrificar la vida de toda una generación por una imaginaria felicidad futura…”.

“Maldita sea”, pienso.

Es temprano y llegan los periódicos a casa. Una página más y voy a oler la prensa, me digo a mí mismo al final del capítulo 49.

Todavía describen el asesinato de Mónica Spear, sociólogos, economistas y criminólogos, y hasta el padre de Spear comenta, con ese tipo de humildad cruel que sólo la muerte concede, sobre su hija, muerta como cualquier otro muerto a orillas de la carretera, en una fiesta o a las doce del mediodía, ella, la miss Venezuela 2004, asesinada por el “pobre mestizo” (las comillas son del Sr. presidente).
Entonces recuerdo que el padre de Nadia le pregunta si sus ideas son influencia de la filosofía del hombre con el que ahora está saliendo. Dentro de tres semanas va al frente. Ahí está toda la filosofía: hoy estás vivo, mañana ya no, –fue la respuesta de Nadia.

El Nacional y Tal Cual, nada más, esos son los periódicos que compramos en casa. Allí, las noticias desilusionan y asombran como la respuesta de Nadia: “15 homicidios semanales”, “los militares controlan el 25% de los ministerios”, “empresas del Estado sabotean construcción”. En Venezuela, toda la filosofía es una habladuría que los indiferentes y los cínicos aprenden de memoria para llegar al poder del partido y del Estado (Estado-Partido) y convencer a las masas, al pueblo o al país de la culpa, de la miseria y de la revolución, y transformar al venezolano personalísimo en una burocracia evangélica que recogerá la basura de las calles y bautizará a los niños con nombres raros. (La comuna es el infierno, decía Flaubert). Y lo insoportable es que estos cínicos e indiferentes de la comuna son, al parecer, los únicos que se enfrentan a la ironía, esa contradicción de tener y no tener dinero, paz u comprensión y que nos condena a la risa estúpida en todas las conversaciones.

“En la casa vacía y abandonada se había producido el último adiós con los muertos que se habían ido para siempre.”

Ahora sí, acabo de pasar la última página de Vida y destino, la novela de un periodista de la guerra, ruso, soviético (ucraniano), Vasili Grossman, el escritor que ha convertido a la honestidad en un asunto de guerra, el periodista de 135 kilos, miope y cojo, que logró un puesto, sano y a salvo, entre la censura, aviones y tanques soviéticos. Sano y salvo, digo, como si dijera “inteligente” y “valiente”: Imaginen a un hombre que escribe alternativamente artículos y crónicas entre el silbido y la pausa de un bombardeo que cae sobre las 1700 balas por minuto de la ametralladora MG42, operada por alemanes de 19 a 25 años de edad, que van a morir, alternativamente, por su raza y por algún himno de Wagner que suena en la razón y en la destrucción humana. Aún así, Grossman, que algún día llegará a escribir que el nazismo y el comunismo son la misma “inmundicia”, el mismo “Estado de partido”, “la forma diferente de una misma esencia”, escribe y publica para la Estrella roja, el periódico militar de la Unión Soviética, las descripciones de la II Guerra Mundial, el vacío natural y el retrato de la angustia de jóvenes militares rusos, el testimonio de los tanquistas y francotiradores y hasta uno que otro elogio que siempre serán publicados bajo sospecha en las páginas de La estrella…, pero la astucia de nuestro periodista es proverbial, fulminante y luminosa, y nunca escribirá ideas ni opiniones. La realidad era su única denuncia, su único silencio. Las opiniones y las ideas estaban en la mente de los censores.

Hoy y aquí, lunes o martes, Venezuela o Ucrania, 49 años después de su muerte, estoy en la misma habitación, mi cabeza, un espejo de paredes blancas y sucias, de piernas desnudas, de “15 homicidios semanales” y de 1150 páginas al borde de mi cama: Un hombre está preso, infecto de piojos, y habla con otro hombre, el que lo delatará la semana que viene. Un gulag y dos miembros del partido comunista. El nazi, compañero de la prisión oscura, se ríe de ellos. Los presos comunes, homicidas y violadores, los vigilan: son los guardias.

Esta novela es una historia, son historias más importantes que los recuerdos, donde la narración es un tratado sobre teoría política, sociología, historia, ética, ciencia, filosofía y religión, puestos como glosarios inscritos en los muros imperceptibles de la realidad y en la cabeza de unos personajes que no saben nada, que viven en una “deshonesta esperanza” y en la “discreción frente a las injusticias”. “¡Bondad ciega, insensata, perjudicial!” de niños, mujeres y hombres que hacen largas colas por un pedazo de pan o hacia la cámara de gas, que químicamente, y esto lo saben fascistas, nazistas, comunistas y socialistas, ¡el hombre!, es el mismo alimento para una misma cosa que se descompone sin importar las ideas o los sentimientos, el sabor o la mirada, que desaparecen entre insectos futuros, ignorantes y bajo la tierra que gira y gira mientras caen muros e inocentes. ¿Es la misma bondad? Grossman es un Dostoievski amable.

Un científico que trata de comprender cómo toda una vida es consagrada a la técnica y al valor del futuro como un hecho científico es reducida a chismes en el laboratorio entre espías y amigos. Una madre que espera a su hijo y sólo encuentra el rostro y el testimonio de jóvenes enfermeras. Un funcionario público, soviet chiquito, miente a los periodistas de 1943 sobre la situación en Ucrania (los rusos acabaron con pueblos enteros). Un nazi que admira a Stalin. La carta de Anna Semiónovna a su hijo Vitia. Judíos que cuidan celosamente su puesto en la cola de judíos que va a alguna parte. Un cura que explica por qué el celibato, moralmente, es tan igual a morir por una causa revolucionaria, –“ustedes dan su vida por el hombre, yo no me acuesto con mujeres por Dios” –. El capítulo 50 de la primera parte. Dos francotiradores que desaparecen cuando alguien hace una broma sobre los piojos en la espalda y en el sexo. El silencio de las balas perdidas y el polvo, hasta que al fin, un día, una niña juega con escarabajos, los besaba, les contaba historias, luego los soltaba y después se echaba a llorar, les llamaba por su nombre, les suplicaba que volviera.

Grossman jamás llegó a saber que su novela sería publicada, sólo se quedó con la soledad bien escrita entre discursos políticos y llamadas telefónicas, la reflexión sobre santos y teorías sociales que también cantan y describen el movimiento browniano alrededor del humo caliente de la cebolla para el escorbuto; solo, con el ánimo de diálogos y escenas en refugios y campos de concentración para judíos, gitanos, musulmanes estudiantes de arte en Berlín, presos políticos húngaros, hindúes de tren, calmucos, homosexuales y hombres con la nariz muy grande.
Solo, con la vida y la muerte, con “el amor ciego y mudo que es el sentido del hombre”.

En 1962 la KGB entró en el apartamento de Grossman y robó el manuscrito de Vida y destino. Allí estaba escrito: “ni el destino ni la historia ni la ira del Estado ni la gloria o la infamia de la batalla tienen poder para transformar a los que llevan por nombre seres humanos… y lo mismo para aquellos que ya han muerto”.
Yo, vuelvo a leer los periódicos de mi país y la noticia de la muerte de alguien más, injustamente, sin comprender, me da fuerza, vida y destino para ser libre, dolorosamente libre, pienso, y me siento ridículo con estas palabras, solo, indiferente, pero con ganas de escribir, reír, beber cerveza, conversar, fumar y caminar entre homicidas y corruptos. Estoy vivo.


Vasili Grossman