domingo, 2 de febrero de 2014



Philip Seymour Hoffman

 Charlie Wilson´s war, (2013).


Muere un actor y la creación se siente… Aparece Philip Seymour Hoffman en escena, de perfil, y camina lentamente hacia un espejo que todavía no refleja su rostro de mujer, de travesti, de una sensación o una mirada que mantiene el llanto desesperado de un actor encerrado en el cuerpo de un hombre obeso y pálido; pero se mira, respira o recuerda y mastica lo que tiene que decir, se maquilla el pómulo gordo, flácido y pegado al amaneramiento, al dialogo, y piensa que algún día va a morir, de sida, de una sobredosis o de fuertes golpes en la cabeza, sin rabia, sin complejos, sin premeditaciones. ¿Los personajes también son de carne y hueso?, se pregunta, pero sabe que tiene que volver a sentir que es homosexual, o cura, o mejor amigo, o editor de una revista de rock, o cualquier otro maldito desesperado por la estupidez del progreso y la honradez que aconseja quitarse todas las mascaras.

Vuelve a mirar con la mirada de máscara, racional, real, pura, limpia y lógica mirada de máscara caótica: Sólo ha sido un amante celoso que ahora, también, mira su sangre entre pedacitos de espejo esparcidos en el piso de una habitación oscura de paredes púrpuras y perfumadas por un detergente barato, seco, blanco, que mi madre usaba cuando vivía sola. Y se apagan las cámaras.


Ahora imagina el pasado de uno de sus personajes cayendo de un decimo segundo piso. Es que sus pestañas son demasiado rubias para dejar de imaginar, de pie y con su frente desnuda mientras alguien más le habla, Robert DeNiro o el vigilante nocturno de la Metro Goldwyn Mayer.


Nada de eso está en el guión, Philip; escribo mientras él actúa en mi imaginación, la horizontal, la de voces como palabras.

Ya sé, ya sé lo que vas a decir, que nadie lo sabe ni lo sabrá jamás, que para no distraerte piensas que los personajes tienen un pasado común con el tuyo, y que cuando actúas o creen que actúas, los gestos, la voz y el mismo personaje aparece con la sencillez intima de los espejos, que sólo coinciden con la realidad.


Es como cuando no decimos nada a nadie (“yo sé algo que tú no sabes”, canturrean los niños), pero nos miran, todos los demás extrañamente nos miran, y esperan, quizás confundidos, que seas breve, que quemes todas las máscaras en un saludo por la mañana, “goodmorning…”, y subes a tu apartamento en Nueva York, indiferente y más delgado. Callan. Adivinas.


Muere un actor y la creación se siente herida.


 Flawless, (1999).