miércoles, 15 de octubre de 2014

La lentitud de quien toma una decisión


Ir y quedarse, y con quedar partirse, 
partir sin alma, y ir con alma ajena...
Lope de Vega


Un pedazo de cielo es la portada. 

“Si uno mira con cuidado es como una fractal del cielo
en movimiento”.

Tres pájaros mojados descansan como cuervos en los cables eléctricos que enrollan mis manos al libro o al balcón de una calle de Caracas, ciudad Bolívar o Maracay. El título, Maneras de irse, suena a traducción de ways to go, façons d'aller o maniere di andarsene via. Puedo escucharlo perfectamente como una respuesta, detrás de “Uno llega de viaje y vuelve a encontrar la misma / tierra que lleva dentro: una idea de país, una / nostalgia de tierra que acogió pesares, un presente / que solo espera sudores para ser revelado”: “Son of man, / You cannot say, or guess, for you know only / A heap of broken images, where the sun beats”. Pero luego vuelve al oído y a la mirada la portada del libro azul y blanca como un parpadeo página a página, pliegues, circunstancias, lecturas, ejercicios del ojo y promesas de la imagen; vuelve la frase, los sonidos cotidianos que hace el café recién colao y de nuevo escuchas, a secas, que solo hay una manera de estar, pero que hay maneras de irse, de echar el cuento, lanzarlo al camino — que el camino es largo — y dejar huella en la memoria para ir y venir, salir y entrar, sin desasosiego, recordar como recuerda la lengua materna, que si no es toda la memoria, todo el lenguaje, “nos proporciona a base de lenguaje la salida del lenguaje, el atisbo de la realidad del mundo”, como diría el desterrado más simpático que he leído, Fabio Morabito.

No entiendo. Te digo que me voy y… 

¡Maneras! — pero qué fea palabra—, como “temas”, “televisión”, “Ipod” o “melómano”; ahí no hay nada, es como escuchar la nada. Hay palabras que por sí mismas solo hacen ruido chillón en forma de jarrón caído, vacías como la noticia de la muerte y desagradables como urinario de hiena; palabras que ahuyentan hasta las palmeras “y todo queda como lo callado / del monte cuando hay peligro”. Ruidos que se asemejan a la imaginación de los hombres y de los poetas, pero no son más que garabatos de lo que debería ser el sonido: “Hay un canto / de cigarra y luego el cesar y el templarse / en la espera”. ¿Escuchas a las cigarras, el sonido de las erres en el ventilador o el estruendo de la lluvia en el patio de una casa colonial que era una enfermería cuando estábamos chamos? Hoy, cuando nada tiene su nombre, o lo han perdido en la noche de las consignas, las banderas y los afiches, las palabras son tan vulgares como necesarias, nuestras palabras ya no se corresponden con el mundo. Las palabras se han ido, se han hecho pedazos, han caído en el caos. Y sin embargo nuestras palabras siguen siendo las mismas. No se han adaptado al país que algún día aceptaremos que fuimos, que también era un manera de ser.  De ahí que cada vez que intentamos hablar de lo que vemos, hablamos falsamente, deformando la cosa misma que tratamos de representar. Esto ha hecho que todo sea confusión y desorden, homicidio, simpleza, indiferencia, crueldad, ignorancia, exilio, ceguera, vanidad. Un país despedazado por los discursos, que solo nos ha dejado algunas palabras, retazos de infancia, de amor, de colegio, de universidad, de cine, de apartamento, de la primera cerveza, de carnavales, montañas y ciudades. Y los poetas, los más egoístas y populares, quieren captar todas esas imágenes en su actualidad, no como un flash fatuo sobre los desperdicios de la oscuridad relumbrando sobre el pasado o las plazas, sino como un lenguaje que diga lo que todos queremos decir.

¿De qué estás hablando, hombre loco? Yo solo acabo de decir que me quiero ir, que me iré a Chile.

Espera. Auden, Virgilio, Robert Frost y hasta Krishnamurti nos hablan, como nos hablaría cualquiera que se siente a nuestro lado en el pasillo de este hospital de paredes desconchadas, húmedas de un veneno amarillento y baboso. Cualquiera que se siente en la sala de espera de un país hecho de enfermos y muertos, nos hablaría de la intemperie que va de la cama al cansancio, de la cerveza a la viudez y de la madre socarrona que todavía habla con sus amigas muertas. Ya sabes como es este país: chévere y paradójico. Pero, ¿quién escribe y capta esas imágenes que guardamos antes de partir? ¿Alguna vez has subido a un autobús, del centro, al mediodía, hasta tu casa, escuchando opera, Carmen, de Bizet; Orfeo, de Monteverdi; Orfeo y Euridece, de Gluck? ¿Por qué hay escenas que recordamos como si fueran nuestras amantes, nuestros amigos, nuestro silencio, nuestros versos?

Nadie escribe versos.

Maneras de irse (el título es grosero y práctico), el más reciente libro de poemas escrito y publicado en Caracas, nos compromete con la humildad de los recuerdos, solo cuando la memoria no es “refrán de majaderos”: “Si te acercas, no significa que puedas verla, / es madrugada que lenta se respira”. La madrugada es una fotografía, un retrato, un espejo, una mujer, toda la proximidad inútil de la que todo el mundo habla, pero que el poeta, uno verdadero que ha preferido el silencio de la anécdota, del insomnio y la espera, anuncia, con la elocuencia y el lenguaje corriente a los cuales el poeta sabe que debe la misma importancia, una manera de encontrarse con su propio destierro cotidiano, ahí donde nadie voltea a ver, “Abre las manos al cielo, palpa las hojas o la arena” y te hace mejor persona, más culto y aventurero, amigo del sol, superas la imaginación, porque ese destierro quiere hacer las paces con la realidad.

No hay maneras. Solo hay una manera: irse. Ahora mismo, ya, porque sí.

Una manera quizás es la lentitud de quien toma una decisión (respira), con la iridiscencia de los gestos de aquel que escucha, arquea las cejas, se humedece los labios, parpadea sobre la nariz iconoclasta, mira sus dedos acercarse al humo, extiende su mano y el cigarrillo mudo, acomoda sus lentes en los ojos pequeños sobre una barba jamás fotografiada, respira otra vez y siente el cuello amplio, tensa la espalda, un dolor en los intestinos  y la mirada prudente, dice o repite lo que ve, con fe e inteligencia, “a verse sin camino. Sin dolientes”, como aquella vez en Venezia, cuando fuimos piadosos bajo la mirada del santo. O ahora mismo, en casa, consciente de la maldición terrenal y nacional (doble maldición, Herem: “con el consentimiento de Dios y con el de toda la comunidad, delante de todas las leyes y niños”): “Mi ciudad no es irreal, es muy cierta en sus / miserias y riquezas desde hace cientos de años”.

Pero se queda. El que se va y regresa, ese siempre se queda.

Como Ricardo Ramírez Requena, un poeta, profesor de literatura occidental en la Universidad Central de Venezuela. Joven, mentiroso y culto, como todos los demás poetas que muerden una fruta y dicen ver un árbol o un río en su interior.

Ningún poeta hará que nos quedemos en este país. ¡No han podido los políticos! 

Ayer tardé dos horas para comprar harina y detergente. Leía. Sentí que fueron dos minutos, si acaso media hora. Leía:

"Si te callas adentro, escuchas la lluvia como si fuera
un frotar de dedos".
Y de repente no era lluvia, era harina y jabón en el frotar de mis dedos. De repente yo lavaba el baño y mi mujer hacía arepas. Lo recordé toda la tarde: Si te callas adentro… Pero si te vas, hazlo lentamente, como toda buena decisión, ve y visita a tu madre y dile que hay fiestas en el norte de Irlanda, carnavales donde las multitudes parecen bolas de fuego; llama a Carolina, a Vanesa a Jesica, y háblales del paganismo, de creer en varios dioses que también beben cerveza, quizás alguna de ellas acepte hacer el amor contigo por puro aburrimiento, bajo un flamboyán, en un patio de velas; come, bebe; “estira las manos hacia el fuego, riégalo completo por tu cuerpo, vuélvete, en los andares de la tierra, uno más que se rebela y acepta ser plenamente, en su tiempo, macho o hembra”.

¿Tú eres marico?

¡Cállate, infeliz! Vete de esta ciudad, de estos balcones, de estas calles, de este país, vete y déjanos solos, "que estos golpes ocurren en el esplendor de su silencio y / según acontezca la mirada".


Apéndice
 
La poesía venezolana es tan país como metáfora. Hemos pasado por Europa y por la selva buscando más soledad; por el horizonte, el sol y la garza gongorina; por el insomnio, la enfermedad, la locura y la lepra; por el “signo molesto de la realidad” y “por mares de madera y barcos de agua”; por el dracma, el florentino y los peniques; por la derrota, por la noche (“de la noche venimos y hacia la noche vamos”), por el silencio de los colores, por Guigue y toda la terredad copernicana de nuestra entomología soñadora que narra la travesía y pierde el pudor del país y sus metáforas. Pero ayer los poetas eran hijos de inmigrantes o eran criminólogos, guerrilleros, académicos, alcohólicos, embajadores o jueces, cristianos, ateos o mahometanos. Cualquiera tenía su derecho girondino, jacobino o soviético.
Actualmente, todo a nuestro alrededor es dogmatica, hipocresía y escasez de miras, de verbos y silencio.
La pobreza y el sable gobierna, humilla y asesina.
Por eso, el poeta venezolano de hoy solo es espíritu (o debería serlo), alma peligrosa, que construye o lo destruye todo como edificios en un cementerio.
Quizás algún día llegue a poner bombas en los ministerios como los prosistas rusos del siglo XIX. Pero no. Todavía escriben desde las alturas y la comodidad de edificios construidos en 1964, en apartamentos atestados de libros en inglés, francés, italiano o rumano.

Yo pienso (quiero creer, imagino) que los poetas jóvenes venezolanos buscan palabras entrañables para lo que nos sucede y seguirá sucediendo si todos en este país no encontramos un lenguaje nuevo para la política, la arquitectura, la medicina, la economía y la técnica, la tecnología, el atletismo, la biología y toda la pedagogía por venir. No es fácil. Pero tenemos poetas, jóvenes como el siglo XXI, como Ricardo Ramírez Requena, que ha captado el presente para su preparación, para su advenimiento: ir o quedarse, ¡quién sabe!, pero si nos vamos, parece que nos dice el poeta (y yo le creo), el exilio tendrá que ser un exilio cultivado en las mismas calles que hagan pensar y sentir y decir “Soy un hombre ahora más parecido al que compuso Vivaldi”, así, libresco, lírico, poderoso, tierno, feliz, amigable, maestro.

Lo que Ricardo ha escrito en estos poemas (descripciones de epifanías, maneras de irse), ya es “alma ajena” de nuestros tiempos que ruega, manda, saluda, amenaza, disuade y exhorta a todos nosotros que “uno cambia, acepta, persuade”, que aquí y ahora, ya conocemos “la templanza”, “la serenidad”, “el sosiego”.