lunes, 1 de diciembre de 2014

Las palabras, las fotografías y los dedos de Egon Schiele


El día es una silla en forma de horas, segundos, semanas. Me siento en una de esas sillas solo para esperar o beber una cerveza y corregir lo que he escrito el día anterior. "Los niños bailan alrededor de otros niños", escribo, y al día siguiente esos niños son piedras de río o simplemente la mirada de una mujer que pasa frente a la mesa del bar donde ayer escribía que los niños bailan alrededor de otros niños solo para molestar a los hombres del bar, crueles, silenciosos, furtivos e inocentes de lo que sea yo esté escribiendo en esta libretica de rayas crudas y duras, sin serial, junto a la botella de cerveza fría y espesa a través del vidrio negro caramelo pegado en cualquier lugar a la arena de la playa bajo un montón de mujeres desnudas, gordas, sonrientes, fotografiadas, oscuras y humilladas por otras mujeres de sombra delgada, tísicas de peso fascista y de afiche, propaganda, oasis o sueño erótico apretado a las nalgas o túnicas morenas por todo el cuerpo, bamboleandose hasta en lo blanco de los ojos, untada en la pupila parada del aire de colores rojo, purpura, rosado, verde, venas, en la música blanca y el baile cansado como mantequilla terrestre, cínica y caliente sobre el pan duro del homicida, policía con oro, torturador, diplomado, violador de niñas y burócrata, amigo o hermano en las fiestas de matrimonio, hijo del buen padre de familia en los bautizos, hospitales y morgues olor a sudor y cualquier hombre.
Hace calor de informe, de foto carnet, de alumno, de música en la cárcel. Por eso todos los lunes quiero ser fotógrafo, como Kubrick a los 20 años, con los dedos de Egon Schiele y los pliegues inevitables hinchados sobre las ropas, como si estuviera comenzando a escribir sobre pájaros, como poner nombre a todos los espejos del mundo y a todos sus mamíferos, a todos los edificios, piñatas, nubes y semanas (¿por qué las semanas no tienen nombre?), pero no tengo dinero para comprar una cámara oscura, fría y elegante como el pasillo de un cine. Así que lo único que me queda es escribir o tomar fotos con el cuerpo. Tomar fotos con el cuerpo es más fácil. Lo primero es hacer del estómago un flash, glandular, capturador, sibarita, cautivante; para eso, la respiración cierra los ojos y el parpadeo es contenido en la retórica negra de la imagen que se ha enfocado desde el corazón, fotógrafo por nacimiento, por sístole, por razones, por jardines y recuerdos. Así, el aire que entra e infla el corazón (los pulmones solo pueden tomar fotografías si se está fumando), prendido de humedad por la lengua, por el gusto a cuerpo e instante, el corazón predice la imagen, corpúsculo sin pasado, solo en su actualidad de niños jugando al español, y aparece en las palabras, poco a poco en la voluntad, haciéndose tibiamente, pose o celaje, lentamente en los sonidos y en los sinónimos, una a una solar y animal, las palabras, como en el bar, en la playa, como la mujer que te mira o te ama en la otra vida, en la cama, en la pared, en el techo, en las mentiras, en la cerveza, en los tribunales, en el silencio, en los astros, en los árboles, en las fotografías soñadoras donde los días cesan, cambian de nombre, reaparecen, repiten el sol, permanecen.


1 comentario:

Camila Mardones Vergara dijo...

todos bailamos alrededor de otros niños.