domingo, 2 de diciembre de 2018

Fotofobia y naranjas

El único problema con viajar es que te llevas a tí mismo en el viaje. Si a usted le va mal en Caracas o Maracay, lo más seguro es que le vaya mal en París, Nueva York o Buenos Aires. Yo sabía esto, pero me quedé dormido en el avión. Dormir es una imperfección de la memoria.
Hablo de esto porque han sido días difíciles y soleados. El sol se me mete por los ojos y alumbra todo mi cuerpo como un camaleón por dentro. Cada parpadeo tiene un color. Cada color dice una verdad, cada color soy yo hablándole a mi sombra y a los celajes en las calles y en la memoria: Extraño a mis hijas. Para un hombre, tener una hija es la única manera de conocer la ternura. Tener una hija es la única manera. Extraño la ternura del mundo. Mi corazón tiene otras razones que no encuentro aquí, solo, entre calles, librerías, bares, trenes y una arquitectura de piedra reverdecida con el aire masónico del siglo XIX.
No estoy en paz conmigo mismo. Leer ya no me salva. Extraño la felicidad de mi familia, que a veces no me hace sentir feliz, pero siempre me hace sentir diferente.
No es nostalgia. Es ausencia de presente y de futuro. Extraño el presente sin explicaciones, extraño la tristeza sin explicaciones. Extraño el futuro de los subrayados en mis libros. Extraño a Venezuela y esa tienda de Hello Kitty abandonada. Extraño a Maracay, ese "rancherío de negros, indios y mulatos", como decía Humboldt. Extraño la llaneza de las cosas.
Buenos Aires parece un jugador de rugby con insomnio persiguiendome a todas partes, que, cuando me alcanza y me tira al suelo, con voz de marico reprimido me dice al odio: "Cometiste un error, por aquí no vas a pasar".
Calma. Calma. Respiro. Solo soy yo con ojeras, franela pegadita, shores cortos y un casco antiguo y ridículo.
Tengo ganas de beber. También tengo problemas.
Desesperado llamo a un amigo y en mi voz tiembla el silencio más que la desesperación. Le cuento todo lo que me pasa. Omito las alucinaciones con el jugador de rugby. En una llamada de 44 segundos este amigo, profesor de historia y lavaplatos en una pizzeria, me recomieda a una terapeuta de la calle Mitre. "No le cobra la primera consulta a los inmigrantes", me dice emocinado y con cierta premura de cómplice o colega.
Dudo. Mi experiencia con psiquiatras, psicólogos, terapeutas, ginecólogos, neurólogos, toxicologos y novias exigentes ha sido, digamos, una experiencia abierta, inconclusa, sin plop, sin gracia. Siempre me dejan confundido como una cebolla en un cesto de naranjas.
Sin embargo, decido ir. Estoy solo en Buenos Aires y una cita con hora y lugar fijos me hace sentir una compañía infinita.
Esta mañana estuve en el consultorio de una mujer de 60 años con un postgrado de psicología en la Sorbonne.
—Siéntate... Qué tal... (Me dijo su nombre. Un apellido alemán).
—Mucho gusto. Rubén Darío Carrero.
—¿Prefieres que te llame Rubén o Rubén Darío?
—Rubén.
—¡Qué lindo nombre! ¿Sabías que en hebreo  antiguo significa "el primer hijo varón"?
—Y yo soy el menor de todos mis hermanos.
Hablamos del G20 y de mi "acento tropical". Hablé de la etimología de la palabra nostalgia. Luego le hablé de mis problemas, los viejos y los nuevos.
Ella asentía en silencio.
Lo demás es una lucha entre el diálogo y un monólogo.
Este es el resumen de esa lucha llamada terapia:
Debes cambiar tu manera de sentir.
Debes cambiar tu forma de amar.
Debes cambiar tu forma de pensar.
Debes cambiar tu visión del mundo.
Debes cambiar tu concepto de la vida.
Debes cambiar tu estructura (¿?).
Debes cambiar tus metas en la vida.

Cuando le pregunté, tímidamente, por qué, suspiró y me miró sonriendo con un tipo de condescendencia profesional.

Ahora estoy en la cocina de la residencia  preparando café y escribiendo sobre todo esto y todavía escucho su respuesta como un golpe seco en la cabeza de un delfín:

Porque la realidad cambió, dijo.

Son las 10:55 Am. El tiempo huele a naranjas.

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